Del genial inventor a la torpeza de convertirlo en arma política

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Del genial inventor a la torpeza de convertirlo en arma política

«El verdadero homenaje a De la Cierva no está en un nombre impuesto, sino en divulgar su obra sin manipular su historia»

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Hace unos días se estrenó el documental “Volar sin alas” en la Filmoteca Regional que vuelve a situar en primera línea la figura de Juan de la Cierva, uno de los murcianos más brillantes del siglo XX. Su aportación a la historia de la aviación es incuestionable: el autogiro supuso una revolución tecnológica y un paso decisivo hacia el helicóptero moderno. Su creatividad, su capacidad de anticiparse a su tiempo y su impacto internacional lo convierten en un referente indiscutible de la ingeniería española.

Reconocer ese mérito es necesario, porque su talento forma parte del patrimonio científico de nuestro país. Pero sería una simplificación irresponsable elevar a De la Cierva al rango de símbolo institucional ignorando la parte más incómoda de su biografía: su proximidad, comprobada históricamente, a los círculos que conspiraron contra la Segunda República y su participación, directa o indirecta, en la logística que permitió a Franco iniciar el golpe a la democracia de 1936. No se trata de borrar su legado, sino de asumirlo íntegramente, con sus luces y con sus sombras.

Esta dualidad entre el genio técnico y la mancha política se ha convertido en munición para la confrontación ideológica en la Región de Murcia. Y el mejor ejemplo es el empeño del Gobierno de López Miras en bautizar el aeropuerto regional con el nombre de Juan de la Cierva. Lo que podría haber sido una conversación sensata sobre memoria, identidad y reconocimiento se ha transformado en una batalla diseñada, alimentada y explotada políticamente. Una maniobra política calculada, no un homenaje.

El Gobierno regional nunca buscó un debate plural ni un nombre de consenso para una infraestructura pública que representa a toda la ciudadanía. No hubo consultas, ni comisiones, ni alternativas. Hubo una propuesta única y deliberadamente polémica: la que choca de frente con la Ley de Memoria Democrática.

La razón es evidente. El objetivo no era honrar al inventor del autogiro, sino fabricar un conflicto rentable. Impulsar un nombre que sabían que sería rechazado por el Gobierno central permite alimentar un relato victimista, reforzar la identidad ideológica de su base y presentar a la Región de Murcia como territorio “vetado” o “castigado” por el Estado. Nada de esto tiene que ver con cultura, ni con historia, ni con la figura de De la Cierva. Tiene que ver con puro cálculo político.

La ausencia total de otras propuestas no es una casualidad: es parte esencial de la jugada. Presentar un solo nombre, y el más conflictivo posible, convierte el debate en una disyuntiva simplificada: o estás con De la Cierva o estás contra Murcia. Ese es el marco emocional que les interesa, no un diálogo sereno sobre patrimonio y memoria.

El resultado es un uso instrumental de la historia y de las instituciones, que reduce la identidad regional a un gesto provocador y que utiliza la memoria democrática como superficie de choque en lugar de como espacio de responsabilidad colectiva.

Juan de la Cierva, merece reconocimiento por su valía como inventor. Su figura forma parte de la historia de la aviación y de la creatividad científica española; estudiarla y divulgarla es un deber cultural y educativo. Pero elevar su nombre a símbolo institucional exige un análisis más profundo que un simple aplauso técnico.

La memoria pública no puede construirse ignorando el contexto histórico ni usándose como herramienta de confrontación partidista. Y mucho menos puede pisar la legislación que protege a las víctimas del franquismo y regula los símbolos del espacio público.

Se puede, y se debe, admirar al ingeniero sin convertirlo en bandera política. El respeto a la figura histórica pasa por no manipular su legado para provocar, dividir o erosionar la convivencia.

La polémica sobre el nombre del aeropuerto no revela tanto quién fue Juan de la Cierva como quiénes somos nosotros y qué tipo de relación queremos tener con nuestra historia. Podemos elegir mirarla con madurez, reconociendo sus complejidades, o convertirla en un escenario permanente de confrontación.

El documental abre una ventana para comprender mejor al hombre, al ingeniero y al contexto en el que vivió. Sería deseable que nuestros representantes públicos eligieran una ventana similar: la de la cultura, la memoria y el respeto. No la del ruido político.

Porque el verdadero homenaje a De la Cierva no está en un nombre impuesto, sino en divulgar su obra sin manipular su historia.

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