La corrupción periodística: un peligro para la democracia

La corrupción periodística: un peligro para la democracia

“Con una hábil manipulación de la prensa, pueden hacer que la víctima parezca un criminal y el criminal la víctima”

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“Con una hábil manipulación de la prensa, pueden hacer que la víctima parezca un criminal y el criminal la víctima”. La frase de Malcolm X no solo conserva plena vigencia, sino que se ha convertido en una radiografía inquietantemente precisa del funcionamiento de buena parte del ecosistema mediático actual.

Los medios de comunicación tienen un poder inmenso en la construcción del relato público. No solo informan: interpretan, jerarquizan y, en demasiadas ocasiones, deforman la realidad. En España, este poder se ve agravado por un factor que rara vez se aborda con la profundidad que merece: la dependencia económica de muchos medios respecto a las administraciones públicas y, por extensión, de los partidos que las controlan.

Según datos recientes, los medios de comunicación han recibido alrededor de 1.100 millones de euros procedentes de administraciones públicas. Publicidad institucional, convenios, patrocinios encubiertos o contratos de comunicación configuran una red de financiación que condiciona —cuando no directamente secuestra— la independencia editorial. Porque cuando quien paga la factura es el poder político, la tentación de ajustar el relato a conveniencia se vuelve estructural.

El resultado es una distorsión peligrosa del debate democrático. Una realidad en la que un borracho, patán e inútil puede ser presentado como un presidente aceptable, mientras que la mejor opción para una ciudad, una comunidad o incluso un país entero puede ser retratada como un criminal de guerra. La manipulación mediática es tan eficaz que llega a provocar escenas grotescas: “patriotas auténticos” reclamando que un presidente corrupto y pedófilo actúe contra el presidente legítimo de su propio país.

No es magia. Es estrategia comunicativa.

Cómo se fabrica la corrupción periodística

La manipulación mediática no suele ser burda. No se construye solo con mentiras explícitas, sino con enfoques interesados, silencios selectivos y una repetición constante de determinados marcos mentales. Algunos ejemplos ayudan a entenderlo mejor.

Uno de los mecanismos más habituales es la focalización interesada en la inmigración. Si un partido político decide que la inmigración debe convertirse en el eje del debate público, basta con alinear titulares durante semanas. “Inmigrante roba a punta de…”, “Magrebí agrede…”. El origen del autor se convierte en la noticia, mientras se omite de forma sistemática que los delitos cometidos por ciudadanos autóctonos multiplican por diez los de la población inmigrante. No importa el dato; importa el relato.

Otro recurso clásico es el desvío de atención. Si se descubre que 600 personas cercanas al partido que gobierna se han vacunado irregularmente, el foco puede trasladarse, con sorprendente rapidez, a la supuesta vacunación indebida de un miembro del partido contrario. Portadas, tertulias y editoriales se concentran en ese caso aislado hasta borrar del mapa el escándalo inicial. La gravedad no se mide por los hechos, sino por la utilidad política.

También está la omisión deliberada de información. Si un alto cargo político cuela a un familiar de otro dirigente de su partido, saltándose a decenas de pacientes en una lista de espera, es muy probable que la noticia no exista. No se desmiente: simplemente no se publica. Y lo que no se publica, para buena parte de la ciudadanía, nunca ha ocurrido.

Quizá el mecanismo más devastador sea la desacreditación de oponentes políticos. Denuncias sin fundamento se convierten en grandes titulares, en negrita, acompañadas de tertulias inflamadas y juicios paralelos. Meses después, cuando esas denuncias se archivan, la noticia aparece una única vez, en pequeño, en una página perdida. El objetivo ya se ha cumplido: la reputación está destruida y la carrera política, liquidada.

El daño democrático

En un contexto en el que la información es poder, esta forma de periodismo no solo desinforma: erosiona la democracia. Porque una ciudadanía mal informada no puede tomar decisiones libres. Puede votar, sí, pero lo hará desde una percepción adulterada de la realidad.

Por eso es crucial que los ciudadanos tengan acceso a fuentes de información fiables, plurales y verdaderamente independientes. Sin ese mínimo común, el debate público se convierte en una farsa y las elecciones, en un ejercicio condicionado por relatos fabricados desde despachos y redacciones cómplices.

Aunque, por suerte, este tipo de prácticas ya no existen.

Y mucho menos en nuestra querida Región de Murcia.

(Todos los ejemplos son ficticios y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia).

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