«Lejos de aportar estabilidad, estas maniobras refuerzan a la extrema derecha, fragmentan los parlamentos y bloquean la acción política»

El Partido Popular ha convertido en costumbre lo que debería ser una excepción: convocar elecciones cuando le conviene y pactar con quien haga falta para conservar el poder. No por responsabilidad institucional, no por respeto a la ciudadanía, sino por puro cálculo partidista. Una forma de hacer política basada en la manipulación del calendario, la degradación del debate público y el desprecio por la voluntad popular.
Cada vez que el Partido Popular adelanta elecciones sin una causa real, está enviando un mensaje claro: las instituciones no importan, solo importa paradoja de la vida, conservar el poder. Gobernar deja de ser un servicio público para convertirse en una estrategia de supervivencia. La democracia, en este esquema, no es un valor: es una herramienta.
El argumento es siempre el mismo: “dar la palabra a los ciudadanos”. Pero lo que se esconde detrás es el intento de fabricar mayorías artificiales, de escapar a pactos incómodos o de aprovechar una coyuntura favorable. Cuando los números no cuadran, se vuelve a votar. Cuando el resultado no gusta, se fuerza otro. Como si el voto fuera una ruleta que se hace girar hasta que sale el premio deseado.
Esta forma de conducta no fortalece la democracia. La vacía.
Lejos de aportar estabilidad, estas maniobras refuerzan a la extrema derecha, fragmentan los parlamentos y bloquean la acción política. Lo que debía ser un ejercicio de responsabilidad se transforma en un circo de negociaciones interminables, amenazas veladas y chantajes cruzados. Y, al final, siempre aparece la misma solución: los pactos de la vergüenza.
Pactos sin luz ni taquígrafos. Pactos cocinados en despachos cerrados. Pactos donde se intercambian principios por cargos, discursos por sillones y promesas por poder. Pactos que demuestran que, para buena parte de la derecha, las convicciones son prescindibles cuando está en juego el control de las instituciones.
Da igual lo que se haya prometido en campaña. Da igual lo que se haya criticado ayer. Da igual lo que se haya jurado defender. Cuando llega el momento, todo es negociable.
Especialmente obsceno es cuando estas operaciones sirven para construir mayorías absolutas falsas. Mayorías sin proyecto, sin coherencia y sin respaldo social real. Gobiernos que se presentan como “fuertes”, pero que nacen de la debilidad moral. Ejecutivos sostenidos por el miedo a perder el poder y por la normalización de alianzas con fuerzas reaccionarias.
Porque no hay que engañarse: muchos de estos pactos implican asumir sin pudor la agenda de la extrema derecha. Recortes de derechos, retrocesos en igualdad, ataques a la memoria democrática, desprecio por la diversidad y criminalización de la protesta social. Todo vale si garantiza seguir mandando.
Luego hablan de “estabilidad”.
No hay estabilidad en gobernar desde la mentira.
No hay estabilidad en entregar políticas públicas a intereses ideológicos regresivos.
No hay estabilidad en usar las instituciones como botín.
Lo que hay es una degradación consciente de la vida democrática.
Cada adelanto electoral oportunista, cada pacto opaco, cada renuncia programática alimenta el descrédito de la política. Refuerza la idea de que todos son iguales. Que nada merece la pena. Que votar no sirve. Y ese caldo de cultivo es exactamente el que favorece a los discursos autoritarios.
Conviene decirlo sin rodeos: este modelo no es una deriva puntual. Es una forma de entender la política. Una visión patrimonialista del Estado. Una lógica empresarial aplicada a lo público: maximizar beneficios, minimizar escrúpulos.
Pero las instituciones no son propiedad privada. No son herramientas al servicio de una estrategia electoral. No son moneda de cambio en negociaciones vergonzosas. Son espacios de representación democrática que deberían estar al servicio de la mayoría social.
Defender la democracia no consiste en convocar elecciones cuando conviene ni en pactar con quien haga falta. Consiste en respetar los resultados, asumir límites y gobernar con honestidad.
Todo lo demás son trampas, propaganda y estrategias para mantener el poder.
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