A Fernando le sobra la pasta

A Fernando le sobra la pasta

«Rechazar millones mientras la sanidad colapsa exige un concepto muy peculiar de dignidad«

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Hay que reconocerlo: Fernando López Miras tiene un talento extraordinario. No cualquiera es capaz de mirar a la cara a una Región con hospitales saturados, aulas masificadas, jóvenes atrapados en alquileres imposibles y servicios sociales desbordados… y decir, con gesto solemne, que no quiere 1.200 millones de euros más al año porque el dinero, así planteado, ofende a su dignidad institucional. Eso no es gestión pública. Eso es arte conceptual aplicado a la política autonómica.

Porque, si uno se atiene a los hechos —esa cosa tan antipática—, la propuesta de financiación del Gobierno de España supondría para la Región de Murcia casi un 20% más de recursos cada año. Traducido al idioma que entiende cualquier familia: más médicos, más profesores, más plazas públicas, más inversión social. Pero López Miras ha decidido que no. Que no quiere ese dinero. Que lo rechaza. Que se queda como está. Y claro, ante semejante gesto, solo cabe una conclusión razonable: a Mirás le sobra la pasta.

No lo parece, dirán algunos. Y es verdad: no lo parece cuando uno entra en urgencias y se encuentra pasillos llenos, listas de espera que se miden en meses o especialidades médicas convertidas en deportes de resistencia. No lo parece cuando los colegios públicos acumulan barracones y los institutos sobreviven con plantillas ajustadas al límite. No lo parece cuando la dependencia avanza más lenta que el envejecimiento de la población. No lo parece cuando la vivienda se ha convertido en un lujo y no en un derecho. Pero debe sobrarle. Porque, si no, nadie en su sano juicio rechaza 1.200 millones de euros cada año.

López Miras ha optado por el relato heroico. El del presidente que se planta ante Madrid, que golpea la mesa, que dice “hasta aquí hemos llegado” y que se envuelve en la bandera de la Región como si el dinero fuera una afrenta moral. Según su versión, el nuevo modelo no corrige la infrafinanciación histórica y deja a Murcia “mal situada”. Es decir: mejor seguir mal, pero con orgullo. Porque pasar de ser la peor financiada a estar entre las que más recursos reciben por habitante ajustado parece, a ojos del presidente, una humillación intolerable.

El problema es que mientras el presidente juega al póker político con dinero que no es suyo, la realidad sigue pasando factura. Y la factura no la paga Génova ni la paga Moncloa: la pagan los ciudadanos de la Región de Murcia. La pagan quienes esperan una operación. La pagan quienes no encuentran pediatra. La pagan las familias que no llegan a fin de mes. La pagan los jóvenes que encadenan contratos precarios y alquileres abusivos. Pero eso, al parecer, es un daño colateral asumible si a cambio se mantiene intacto el relato.

Porque si algo queda claro en esta historia es que el problema de Murcia no es la falta de dinero, sino en qué se decide gastar lo que hay. Y ahí el Gobierno regional sí demuestra una agilidad envidiable. Cuando se trata de reforzar la sanidad pública, el dinero nunca es suficiente. Cuando se trata de ampliar plantillas educativas, siempre hay que esperar. Cuando se habla de vivienda pública, la respuesta suele ser un silencio administrativo bastante elocuente. Pero cuando toca regar a determinados pseudomedios con publicidad institucional, entonces sí: ahí la chequera aparece sin complejos, generosa, flexible, comprensiva.

Para eso sí hay dinero. Para eso, el que haga falta.

No hablamos de medios críticos, ni de periodismo incómodo, ni de investigación. Hablamos de altavoces dóciles, de espacios donde el presidente siempre sale bien peinado, donde la culpa siempre es de otro y donde rechazar millones se presenta como un acto de valentía patriótica. Ahí no hay listas de espera. Ahí no hay déficit. Ahí no hay problemas estructurales. Ahí hay billetes.

Y es precisamente ese contraste el que convierte el discurso de López Miras en una sátira involuntaria. Porque mientras se nos dice que no hay dinero para lo esencial, se demuestra que sí hay recursos para lo accesorio, lo propagandístico y lo políticamente rentable. Mientras se habla de dignidad financiera, se ignora la dignidad material de quienes sostienen esta Región con su trabajo y sus impuestos.

El presidente regional insiste en que rechazar el modelo es defender los intereses de Murcia. Pero ¿qué intereses son esos exactamente? ¿El interés de seguir encabezando rankings de precariedad? ¿El interés de mantener un sistema sanitario tensionado? ¿El interés de no incomodar a determinados aliados políticos? Porque, si el interés general fuera realmente la prioridad, aceptar más recursos sería una obviedad, no una traición.

Lo más llamativo es que el propio Gobierno regional ha pasado años justificando sus carencias en la infrafinanciación. Cada problema tenía la misma explicación: no hay dinero. Falta financiación. Madrid nos debe. Y ahora que Madrid pone el dinero sobre la mesa, la respuesta es: no lo queremos. Es como pasar años quejándose de que no te dejan entrar en un restaurante y, cuando te abren la puerta, indignarte porque el mantel no es del color que esperabas.

Mientras tanto, la propaganda sigue funcionando. Se habla de chantajes, de agravios, de territorios privilegiados. Se agita el fantasma del independentismo como si aceptar financiación fuera una claudicación ideológica. Todo vale con tal de no explicar lo esencial: qué haría el Gobierno regional con 1.200 millones más al año. O, mejor dicho, qué no podría justificar si los tuviera y aun así los servicios siguieran igual de mal.

Porque esa es la verdadera trampa del rechazo. Aceptar más dinero obliga a rendir cuentas. Obliga a mejorar servicios. Obliga a que las excusas se acaben. Y eso, quizá, es lo que más incomoda. Mucho más que cualquier modelo de financiación.

Así que sí, a Mirás le sobra la pasta. Le sobra para decir no. Le sobra para mantener el discurso. Le sobra para pagar aplausos. Le sobra para sostener una narrativa en la que la culpa siempre es ajena y la responsabilidad nunca es propia. Lo que no parece sobrarle es voluntad de usar el dinero para cambiar de verdad la vida de la gente.

Y mientras el presidente rechaza millones con gesto grave, la Región sigue esperando. Esperando médicos. Esperando profesores. Esperando políticas de vivienda. Esperando servicios sociales a la altura. Esperando que, algún día, la dignidad política deje de ser una coartada y empiece a parecerse un poco más a la dignidad social.

Pero para eso, claro, habría que aceptar el dinero. Y eso, por lo visto, es demasiado pedirle a alguien a quien le sobra la pasta… siempre que no sea para lo importante.

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