El lavado verde de las macrogranjas

El lavado verde de las macrogranjas

«Mientras se habla de energías limpias, nadie cuestiona el elefante en la habitación: la dependencia estructural de una ganadería industrial incompatible con cualquier discurso climático serio»

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En la Región no estamos asistiendo a una transición ecológica. Estamos presenciando un ejercicio masivo de hipocresía institucional. Bajo el discurso de la sostenibilidad y las energías renovables, se está consolidando un modelo agroindustrial que destruye el territorio, contamina el agua y sacrifica la salud de la población en nombre del beneficio privado.

Las plantas de biogás no son una solución. Son el maquillaje verde de las macrogranjas. Su expansión no responde a una preocupación real por el medio ambiente, sino a la necesidad de dar salida a un problema incómodo: millones de toneladas de purines y residuos generados por una ganadería industrial sobredimensionada. En lugar de frenar este modelo, las administraciones han optado por subvencionarlo y blindarlo con infraestructuras “verdes”.

El mensaje es claro: pueden seguir contaminando, nosotros nos encargamos de limpiar la imagen. La Región, ya asfixiada por décadas de políticas permisivas, vuelve a ser el laboratorio del extractivismo moderno. El Mar Menor agoniza, los acuíferos están saturados de nitratos y los pueblos rurales cargan con los costes ambientales de un negocio que enriquece a unos pocos. Mientras tanto, el Gobierno regional mira hacia otro lado.

Cada nueva planta de biogás va acompañada de recalificaciones, subvenciones públicas y procedimientos acelerados. Se minimiza el impacto ambiental, se fragmentan los proyectos para esquivar evaluaciones rigurosas y se margina deliberadamente a la ciudadanía. La democracia se suspende cuando estorba a los intereses empresariales.

Todo parece que se hace en nombre de Europa y del Pacto Verde. Pero no hay nada verde en un sistema que necesita miles de animales hacinados, consumo masivo de agua, piensos importados y territorios sacrificados para sostenerse. No hay sostenibilidad posible en un modelo basado en la sobreproducción y la exportación barata de carne.

El biogás no reduce el problema. Lo oficializa. Convierte la contaminación en negocio. Transforma el residuo tóxico en activo financiero. Permite que las macrogranjas se presenten como parte de la solución cuando, en realidad, son el origen del desastre.

Mientras se habla de energías limpias, nadie cuestiona el elefante en la habitación: la dependencia estructural de una ganadería industrial incompatible con cualquier discurso climático serio.

Las alternativas existen. Ganadería extensiva, agroecología, reducción del consumo cárnico, soberanía alimentaria, protección real del territorio. Pero esas opciones no interesan porque redistribuyen poder. Y lo que está en juego aquí no es solo el medio ambiente, sino quién decide sobre él.

Seguir apostando por el biogás sin cuestionar el modelo productivo es una forma elegante de rendirse. Es aceptar que el futuro será un territorio degradado, gestionado por grandes corporaciones, con pueblos convertidos en zonas de sacrificio.

No es transición ecológica. Es colonialismo ambiental. Y ya va siendo hora de decirlo claro, sin rodeos.

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