«El problema es que se haya normalizado comer así, de esta manera, con esta frecuencia y con esta despreocupación por la percepción pública»

Hay noticias que, por pequeñas que parezcan, funcionan como una rendija por la que se cuela toda una forma de gobernar. La cena pagada con dinero público en el restaurante SLVJ de Madrid que ha sacado a la luz LasNoticiasRM este pasado viernes no es solo una anécdota gastronómica ni un exceso aislado: es la postal perfecta de una cultura política donde el ticket del restaurante se confunde con la agenda institucional y donde el “invita la casa” siempre significa lo mismo. La casa eres tú.
Si a esto le sumas que la entidad contratante del servicio, el Instituto de Turismo de la Región de Murcia, se niega a explicar la justificación de la citada cena y tampoco facilita la lista de invitados provoca que las dudas de la legalidad de la fiesta, pagada con fondos públicos, sea adecuada.
La historia empieza, como tantas otras, en un restaurante caro. De esos donde no se entra por casualidad y donde la cuenta nunca es discreta. Allí no se va a resolver una urgencia administrativa ni a redactar un informe técnico. Se va a comer bien, a hablar mejor y, sobre todo, a hacerlo bajo un paraguas semántico infalible: “reunión de trabajo”. Dos palabras mágicas capaces de convertir cualquier comida en una obligación institucional y cualquier factura en un trámite rutinario.
La clave no está en una cena concreta, sino en la naturalidad con la que se encadena una detrás de otra. Hoy un almuerzo estratégico, mañana una cena de promoción, pasado un desayuno de coordinación. Siempre hay una excusa, siempre hay un motivo, siempre hay alguien a quien “recibir”. Y siempre, sin excepción, hay dinero público pagando la cuenta.
No hace falta detenerse en cifras exactas. De hecho, casi es mejor no hacerlo. Porque hablar de miles de euros, sostenidos en el tiempo, que lleva gastados el Gobierno regional desde que Fernando es presidente, permite entender el fenómeno en su justa dimensión: no como un exceso puntual, sino como una práctica instalada. Un hábito de gobierno. Una forma de entender la representación pública como un ejercicio que se desarrolla entre platos bien presentados y copas que nunca están vacías.
En este contexto, el restaurante deja de ser un lugar y se convierte en un método. Un espacio cómodo donde las decisiones se deslizan con más suavidad, donde las relaciones se engrasan y donde la frontera entre lo público y lo privado se vuelve deliberadamente difusa. ¿Quién puede reprochar una comida de trabajo si se le llama trabajo? ¿Quién va a discutir una cena si se presenta como inversión?
Y así, poco a poco, la agenda institucional se va llenando de mesas reservadas. El despacho se queda pequeño, la sala de reuniones parece poco acogedora y la videollamada resulta demasiado impersonal. Gobernar, al parecer, requiere carta de vinos. Y si es posible, con denominación de origen.
En el centro de este ecosistema gastronómico-político planea siempre la misma figura, aunque no aparezca en todas las facturas: Fernando López Miras. No porque sea el comensal constante, sino porque su Gobierno ha hecho de esta práctica algo tan cotidiano que ya ni siquiera necesita explicarse. Forma parte del paisaje. Como los presupuestos, como las ruedas de prensa, como los discursos sobre austeridad.
Ahí está la paradoja. Mientras se repite el mantra de la buena gestión, de la contención y del rigor presupuestario, la vida institucional se desarrolla a golpe de reserva telefónica. Se pide responsabilidad a la ciudadanía y sacrificio a los servicios públicos, pero no se cuestiona que el dinero común se destine a financiar encuentros que, curiosamente, siempre exigen restaurantes caros.
El lenguaje juega un papel fundamental en esta coreografía. Nadie habla de comidas privadas, sino de “encuentros”. Nadie menciona restaurantes de alto nivel, sino “espacios adecuados”. Nadie detalla la factura, sino que se ampara en el concepto abstracto de representación. Es un idioma diseñado para anestesiar cualquier atisbo de crítica, para que el ciudadano lea y pase página sin detenerse demasiado.
Pero basta con rascar un poco para que el barniz se caiga. ¿Qué se produce exactamente en estas reuniones que no pueda lograrse de otra forma? ¿Qué acuerdo crucial depende de un postre o de una sobremesa prolongada? La respuesta suele ser vaga, cuando no directamente inexistente. Lo importante no es el resultado, sino el ritual. Estar, dejarse ver, compartir mesa. Mantener la liturgia del poder.
Lo más llamativo es que este goteo de gastos rara vez se traduce en explicaciones detalladas. No se conoce con precisión quién asiste, qué se trata, qué beneficio concreto obtiene la ciudadanía. La factura se paga y la justificación se da por implícita. Como si ocupar un cargo llevara aparejado el derecho automático a cargar cenas al presupuesto.
Y mientras tanto, la suma crece. Desayunos que se convierten en almuerzos, almuerzos que derivan en comidas, comidas que acaban en cenas. Miles de euros que se van acumulando sin escándalo, sin debate, sin consecuencias políticas. Porque nadie dimite por comer bien. Porque nadie pierde un cargo por una sobremesa demasiado larga.
En una región donde se habla constantemente de falta de recursos, donde se recortan o se ajustan partidas, donde se pide paciencia, el dinero fluye con sorprendente facilidad hacia la restauración de alto nivel. No para todos, claro. Solo para quienes gobiernan, representan y se representan a sí mismos. ¡No todos los euros iban a ser para pseudomedios amigos!
Fernando invita. Invita a comer, a cenar, a desayunar en nombre de la institución. Invita con la solemnidad de quien sabe que no sacará la cartera. Porque aquí la invitación siempre tiene letra pequeña: paga la ciudadanía. Paga quien no está en la mesa. Paga quien no participa en la conversación ni en el postre.
Este no es un debate menor ni una manía moralista. Es una cuestión de modelo. De decidir si el ejercicio del poder debe estar rodeado de privilegios discretos o de una austeridad coherente. De preguntarse si la cercanía con determinados círculos se construye a golpe de factura o de políticas públicas.
El problema no es que se coma. El problema es que se haya normalizado comer así, de esta manera, con esta frecuencia y con esta despreocupación por la percepción pública. El problema es que nadie parezca pensar que quizá no es necesario. Que quizá gobernar no exige siempre mantel, ni vino caro, ni restaurantes exclusivos.
Y al final, lo que queda no es el sabor de la comida, sino el regusto amargo de la desigualdad. La sensación de que hay una política que se cocina a fuego lento, lejos de la cocina doméstica de quienes pagan impuestos y hacen malabares para llegar a fin de mes. Una política que se permite el lujo de confundir representación con agasajo.
Fernando invita, tú pagas. Y mientras esa frase siga describiendo con precisión la relación entre poder y dinero público en la Región, el problema no será la cena concreta que inicia la conversación, sino todo lo que viene después, servido plato a plato, con cargo a la cuenta de siempre.
¿Quieres contactar con el autor de esta noticia?
Si has visto algún error en esta noticia o tal vez puedes aportar alguna información extra, puedes contactar directamente con nuestra redacción mandando un email a news@lasnoticiasrm.es o escribiendo un mensaje por Whatsapp en el teléfono 641387053. Estaremos encantados de atenderte.
Esta y otras noticias puedes tenerlas al instante subscribiéndote a nuestro canal de Telegram
Puedes subscribirte a nuestro nuevo canal en Telegram, y disponer de todas las noticias importantes de la web en tiempo real.
Recuerda, pincha en t.me/lasnoticiasrm y dale a subscribir al canal en tu aplicación Telegram.
!!Te esperamos en LasNoticiasRM¡¡
Tabla de Contenidos
Datos del autor
- LasNoticiasRM
- Email: news@lasnoticiasrm.es
- Teléfono y Whatsapp: 641387053


