No frotar, no manipular y acudir al veterinario de inmediato: los primeros minutos marcan la diferencia

Cada primavera, clínicas veterinarias de la Región de Murcia vuelven a recibir casos que se repiten con una crudeza difícil de normalizar: perros con inflamaciones severas, lesiones en el hocico y, en situaciones graves, necrosis en la lengua tras el contacto con la oruga procesionaria del pino. La clave, según el veterinario Francisco Jesús Almodóvar, no está solo en el contacto inicial, sino en lo que ocurre después, en esos primeros gestos de pánico que muchas familias repiten sin saber que pueden empeorar el daño. “La rapidez es clave ante la oruga procesionaria; un error puede causar necrosis y la pérdida de parte de la lengua”, resume el profesional, citado en la nota.
El comunicado sitúa a la procesionaria como una de las plagas más relevantes de los pinares mediterráneos, con presencia estacional en buena parte del territorio regional. Y advierte de un punto esencial: no hace falta una “picadura” en el sentido clásico. Basta un roce con la lengua o el hocico, o incluso la inhalación de los pelos urticantes, para desencadenar una reacción inflamatoria intensa y potencialmente grave. Por eso, la prevención en paseos y la actuación correcta en los primeros minutos se convierten en un asunto de salud animal, no en un simple consejo de prudencia.
La nota añade que, pese a que se trata de un riesgo conocido, sigue siendo uno de los más subestimados. Y aporta datos de una encuesta realizada a más de 1.000 personas por la empresa murciana Silverwoof: un 68% reconoce que no sabría cómo actuar ante un contacto con procesionaria y, entre quienes creen saberlo, el error más frecuente sería precisamente frotar. Además, el 71% admite que, aunque sabía que “pican”, desconocía los efectos reales. La consecuencia es directa: desconocimiento, reacción instintiva y, a veces, lesiones que podrían haberse minimizado con un protocolo claro.
El fallo más peligroso: “frotar” y extender la toxina
Entre los errores enumerados por Almodóvar, uno destaca con especial gravedad: frotar la zona afectada. Es el gesto más instintivo y, según el veterinario, el más dañino. La explicación que da en la nota es concreta: al frotar la boca, la lengua o el hocico, los pelos urticantes se rompen, se extienden y facilitan una mayor absorción de la toxina, agravando la lesión. En otras palabras: intentar “limpiar” a lo bruto puede multiplicar el problema.
En ese mismo bloque de advertencias aparece otro error frecuente: manipular la boca del perro sin protección, ya sea para “mirar qué tiene” o para retirar supuestos restos. El comunicado subraya que esto no solo es peligroso para la persona —porque los pelos urticantes también afectan a humanos— sino que puede aumentar la diseminación de la toxina dentro de la cavidad oral. En la nota se insiste en que la manipulación debería realizarse en clínica y por profesionales, con las condiciones adecuadas.
A estos fallos se suma el más silencioso, el que empieza por una frase muy común: “no será para tanto”. Según el veterinario, restar importancia al contacto inicial puede ser letal para el tejido afectado. El texto recoge que, aunque el perro apenas muestre síntomas al principio, la reacción puede empeorar rápidamente. “Lo que empieza como una leve inflamación puede derivar en necrosis del tejido horas después, y esperar ‘a ver cómo evoluciona’ es uno de los errores más peligrosos”, advierte Almodóvar.
El comunicado, por tanto, dibuja un patrón que se repite: contacto, minimización, intervención incorrecta y deterioro progresivo. Y en ese patrón, los minutos iniciales dejan de ser un margen de duda para convertirse en un tiempo crítico.
Remedios caseros, lamido y paseos sin control: el cóctel que agrava las lesiones
Otro de los puntos del comunicado apunta a los remedios caseros. Durante años, se han recomendado prácticas como usar agua o agua con vinagre para intentar “neutralizar” la toxina. La nota, sin embargo, es tajante: siempre se debe acudir al veterinario. Almodóvar añade una recomendación concreta para ganar tiempo: “recomiendo llevar en los paseos procesiofix Spray”, descrito como una solución de primeros auxilios que ayudaría a reducir el impacto inicial mientras se llega a la clínica. Y subraya el matiz clave: su uso debe ir siempre acompañado de una visita inmediata al veterinario, no como sustituto.
La lista de errores incluye también dejar que el perro se lama o se rasque. La nota explica que, tras el contacto, muchos animales intentan aliviar el picor de manera insistente, pero esa conducta favorece la extensión de la toxina y puede empeorar la lesión. El veterinario lo formula como una instrucción clara: “Siempre que sea posible, hay que evitar que el perro se toque la zona afectada”.
Y hay un error que no ocurre “después”, sino antes: pasear sin control en zonas de riesgo. El comunicado recuerda que la procesionaria no aparece solo en el campo: también en parques, jardines y calles urbanas con pinos. Pasear con el perro suelto o sin prestar atención al suelo aumenta considerablemente la posibilidad de contacto. Es un aviso relevante en una Región de Murcia donde muchas áreas verdes urbanas incluyen arbolado de pino, lo que convierte el riesgo en algo cotidiano, no excepcional.
En conjunto, el texto plantea que la prevención empieza por el tipo de paseo, el nivel de vigilancia y el control del animal, especialmente en periodos en los que la presencia de la plaga se hace más probable.
Un protocolo simple para una urgencia real: “no frotar” y correr al veterinario
El mensaje final del comunicado se resume en un protocolo inmediato. Almodóvar sostiene que muchas lesiones graves podrían minimizarse con una actuación correcta en los primeros minutos y ofrece un esquema de actuación ante la mínima sospecha: no frotar, no manipular la zona, rociar con un spray específico para controlar síntomas, no confiar en que “se pasará solo” y acudir de inmediato al veterinario.
Más allá del detalle clínico, la nota subraya una idea que debería calar en cualquier tutor de perro: la procesionaria es un riesgo real y recurrente. Y, en muchos casos, saber qué no hacer puede ser tan importante como saber cómo actuar. La diferencia entre una inflamación controlable y una lesión severa puede estar en un gesto de segundos: el impulso de frotar, abrir la boca sin protección o esperar “a ver si baja” la hinchazón.
Con ese enfoque, el aviso del veterinario no pretende alarmar, sino cortar una cadena de errores repetidos. Porque, tal y como advierte el comunicado, la oruga procesionaria no perdona la improvisación: ante la duda, actuar rápido y bien es la única forma de reducir el daño.
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