Banquete con dinero público

Banquete con dinero público

«En la Región de Murcia hay demasiada gente haciendo malabares para llegar a fin de mes como para que la administración juegue a esconder el gasto»

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Hay empresas que pierden dinero y aun así dan la impresión de estar peleando por salir del pozo. Ajustan, explican, se aprietan el cinturón y, cuando gastan, procuran que se entienda por qué. Y luego está Región de Murcia Deportes, S.A.U., que a estas alturas se ha convertido en un género literario propio. Uno de esos relatos donde el protagonista siempre termina el capítulo en rojo, pero nunca pierde el apetito.

La trama es conocida y, por eso mismo, ya no debería sorprender a nadie. La empresa pública cerró 2024 con un déficit de 1.570.025 euros y arrastra pérdidas acumuladas cercanas a los nueve millones. Es decir, no hablamos de un bache, sino de un paisaje. Un paisaje con señales de peligro en cada curva, pero sin freno de mano. Y, en mitad de ese escenario, aparece otro documento oficial que no arregla nada, pero dice mucho. El listado de contratos menores publicado el 19 de enero, donde se detallan 35 apuntes de hostelería y alojamiento durante 2025 por un total de 19.730,49 euros con IVA incluido.

Hasta aquí, los números. Lo interesante es lo que esos números cuentan cuando se ponen juntos. Porque una cosa es que una entidad pública tenga actividad, reuniones, desplazamientos, eventos, gente que viene y gente que va. Y otra muy distinta es que, con un balance permanentemente en números rojos, la imagen que proyecta sea la de una agenda de mesa en mesa, con una etiqueta administrativa que lo tapa todo como si fuera salsa espesa. Servicios externos. Publicidad y protocolo. Palabras que suenan a despacho y a puerta cerrada. Palabras que, curiosamente, siempre aparecen cuando nadie quiere entrar en detalles.

Región de Murcia Deportes gastó casi 20.000 € en restaurantes mientras cerraba sus cuentas con 1,57 millones de déficit

En la vida real, cuando alguien tiene un agujero de 1,57 millones, no llama a su tarjeta de crédito servicios externos. Dice lo que es. Dice que no llega. Dice que hay que recortar. Dice que este mes no. En lo público, sin embargo, se inventa un idioma para que lo cotidiano parezca técnico. Y lo técnico parezca inevitable. Y lo inevitable parezca normal.

El problema de fondo no es el ticket. El problema es el mensaje. Y el mensaje aquí se escribe solo, con nombres de restaurantes que cualquiera reconoce y con cantidades que, a base de sumarse, dejan de ser una anécdota. Uno de los lugares más repetidos es el Restaurante Ramón, en Los Alcázares. No es una mención de pasada. Son 19 ocasiones. Son 3.894,13 euros. Si un contribuyente repite 19 veces un mismo gasto en un año, su banco no lo llama patrón, lo llama costumbre. Y la costumbre, cuando se paga con dinero público y con pérdidas encima de la mesa, ya no es un detalle. Es un síntoma.

La escena continúa en el mismo municipio con La Tropical y El Patio. Dos apuntes para el primero por 640,24 euros. Tres para el segundo por 2.844,50 euros, con una factura que se levanta del papel como si pidiera aplauso. 1.794,96 euros de una sentada. A estas alturas, cualquiera que haya ido a una comida de empresa sabe lo que significa una cifra así. No hace falta describir platos. La cifra ya trae el sonido de copas.

En Murcia aparece La Tapeoteca Juan de Borbón con 1.080 euros. En Molina de Segura figura Restaurante Florencia y Otros con 1.470 euros. En la ciudad de Murcia, El Churra con 934,30 euros. Y en Cartagena, el apunte asociado a Mercado del Puerto de Cartagena por 342,55 euros. Es un pequeño tour gastronómico con cargo a una entidad que, según sus propias cuentas, vive de la transfusión pública para no desmayarse.

Pero si hay una cifra que rompe el ritmo y convierte la historia en caricatura, es la de diciembre. Explotaciones Lo Ruiz, vinculada a Aquario Celebraciones, concentra 7.035,50 euros en una sola operación fechada el 18 de diciembre de 2025. Diciembre. El mes en el que cualquier familia hace cuentas y decide qué recorta. El mes en el que el comercio se juega el año y la gente mira el recibo del supermercado con el mismo gesto con el que antes miraba el recibo de la hipoteca. Diciembre, el mes perfecto para que una empresa pública en pérdidas nos recuerde que, cuando el dinero es de todos, el hambre se gestiona mejor.

Es aquí donde conviene detenerse y mirar el conjunto con calma. 19.730,49 euros no van a tapar un déficit de 1.570.025 euros. Eso lo sabe cualquiera y, precisamente por eso, se utiliza como excusa. Es poco, dicen. Es una gota, dicen. Es irrelevante, dicen. Y ese argumento es el truco de magia más viejo de la administración que no quiere rendir cuentas. Si es poco, entonces no importa. Si no importa, entonces no se pregunta. Si no se pregunta, entonces se repite. Y si se repite, se convierte en cultura. Y la cultura del gasto no se mide por el importe, sino por la naturalidad con la que se hace.

Además, lo que irrita no es solo el gasto, sino la manera de contarlo. El ciudadano no ve en ese listado lo que necesita ver para entender. No ve el motivo de cada comida. No ve el contexto. No ve el evento. No ve si hubo competición, si hubo delegación, si hubo una jornada concreta. Ve un concepto que no explica nada y un restaurante que sí explica mucho. Ve una empresa que pierde millones y, al lado, una serie de consumos que parecen rutina.

Y cuando lo público se explica mal, la gente no se vuelve comprensiva. Se vuelve suspicaz. No porque sea mala, sino porque está entrenada. En la Región de Murcia, la sospecha no nace de la imaginación, nace de la experiencia. La experiencia de ver cómo la transparencia se anuncia como un eslogan y luego se sirve en raciones pequeñas. La experiencia de comprobar que todo está siempre justificado en algún cajón, pero casi nunca está explicado a la vista.

Hay algo particularmente irónico en que esto ocurra en una empresa pública de deporte. El deporte se vende como disciplina, como sacrificio, como esfuerzo, como superación. El atleta se levanta temprano, sufre, repite, se controla. En la contabilidad, sin embargo, la disciplina se diluye y el sacrificio lo hace el contribuyente. La superación queda para el restaurante, que supera otro apunte. Y el esfuerzo se queda en el papel, que aguanta lo que le echen.

La parte más graciosa, si es que aquí cabe la risa, es que todo esto no hace falta inventarlo. Está publicado. Está firmado. Está en un documento difundido por la propia entidad. No es una filtración oscura ni un rumor de pasillo. Es una lista. Una lista que parece escrita con esa seguridad que da pensar que nadie va a mirar demasiado. O que, si alguien mira, ya se cansará.

Y luego está el silencio, que es el postre favorito de muchas instituciones. Según la propia información publicada, este medio se puso en contacto con Región de Murcia Deportes para pedir explicaciones sobre estos gastos y, hasta la fecha de publicación, no hubo respuesta. No una explicación parcial, no una frase para salir del paso, no un documento aclaratorio. Nada. Y el silencio, en lo público, no es neutro. El silencio siempre habla. Habla de prioridades. Habla de cultura organizativa. Habla de una idea muy concreta de quién tiene que dar explicaciones y quién no.

En un mundo razonable, la respuesta sería sencilla. Si los gastos se corresponden con eventos deportivos, desplazamientos, atención a participantes o reuniones de trabajo, se dice. Se detalla. Se publica. Se ordena. Se acompaña de contexto. Se entiende que el dinero público no solo se gasta, también se cuenta. Y se cuenta con la misma claridad con la que se exige a un ciudadano que explique una ayuda o una beca. Pero aquí el ciudadano mira el listado y solo puede intuir. Y cuando solo puedes intuir, el guion siempre acaba igual. La confianza se cae por su propio peso.

Lo más ácido de todo es que el debate se podría evitar con un mínimo de sentido común, que es ese ingrediente que suele faltar cuando hay demasiada confianza en la impunidad del bostezo social. Porque el problema no es que exista un gasto, el problema es que el gasto parezca despreocupado. El problema no es el restaurante, el problema es la repetición. El problema no es la comida, el problema es el contexto. Una empresa pública con pérdidas severas no puede permitirse el lujo de parecer ligera con el gasto. No por estética, sino por respeto. Y respeto es una palabra que, curiosamente, tampoco aparece en los conceptos del listado.

Hay una tentación fácil, que es convertir esto en un debate de moralina. Si está bien o está mal. Si es apropiado o no. Pero lo más demoledor es que ni siquiera hace falta ponerse moralista. Basta con hacer la comparación más simple, la que cualquiera haría en casa. Si yo pierdo dinero cada año, reduzco. Si vivo del apoyo de mi familia, reduzco más. Si me sostienen con dinero de otros, reduzco y además explico. Y si no puedo reducir por motivos justificados, al menos cuento lo que hago con claridad, sin esconderlo tras una palabra que sirve para todo.

Aquí, en cambio, se ha elegido el camino contrario. Se publica una lista con conceptos que no iluminan y con nombres que sí. Se deja al lector con la sensación de que la empresa pública tiene hambre, pero no de equilibrio presupuestario. Y se responde con silencio cuando se pide contexto. Todo muy deportivo, pero de otro tipo de deporte. El de esquivar preguntas.

Al final, la pregunta no es sofisticada. No requiere expertos. No requiere un máster. Requiere una frase honesta. Por qué. Para qué. Con quién. En qué evento. Cuántas personas. Qué se obtuvo a cambio. Si el gasto era necesario, que se vea. Si era inevitable, que se explique. Si era costumbre, que se revise. Y si era un lujo, que se asuma la vergüenza.

Porque una empresa pública puede perder dinero. Lo que no debería permitirse es perder también el sentido común. Y, visto el menú, aquí lo que se está sirviendo no es precisamente austeridad. Es una forma de gestionar que normaliza el contraste. Un déficit gigante y una mesa bien puesta. Un balance en rojo y una cuenta que se firma sin rubor.

En la Región de Murcia hay demasiada gente haciendo malabares para llegar a fin de mes como para que la administración juegue a esconder el gasto detrás de un eufemismo. Cuando el dinero es de todos, la explicación también debería ser de todos. Y cuando no llega, cuando no se contesta, cuando se deja el vacío, ese vacío lo llena la ciudadanía con lo único que le queda. La sospecha.

Y esa sospecha, a diferencia del déficit, sí crece sin límite.

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