El incendio de Sierra Espuña deja al mirismo sin coartada

El incendio de Sierra Espuña deja al mirismo sin coartada

«Gobernar no puede consistir en comparecer después de cada problema»

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Hay una forma de gobernar la Región de Murcia que ya merece nombre propio. Se puede llamar mirismo. No es solo una manera de hacer política alrededor de Fernando López Miras. Es una cultura de poder. Una forma de administrar la realidad a golpe de relato, de maquillar la inacción con anuncios y de confundir gestión con propaganda. Y si alguien quiere entender de verdad qué es el mirismo, no tiene más que mirar a Sierra Espuña.

El incendio declarado el 29 de marzo en el entorno del Llano de las Cabras obligó a activar el nivel 2 del Plan Infomur, movilizó a la UME y acabó afectando a más de 436 hectáreas. El fuego quedó primero controlado y después extinguido, pero dejó algo más que monte calcinado: volvió a dejar al descubierto un modelo político que no previene, no se anticipa y no actúa hasta que la emergencia ya está encima.

Porque esa es la esencia del mirismo: llegar siempre después y presentarse como salvador de lo que no supo evitar. Primero arde el monte. Luego llega la polémica. Después se defiende la gestión. Y, por último, aparece el anuncio. En este caso, el Gobierno regional respondió a las críticas reivindicando la actuación técnica durante el incendio y anunciando para el verano un Plan Infomur con más de 450 efectivos diarios. Es decir, cuando Sierra Espuña todavía humeaba políticamente, San Esteban ya estaba intentando convertir el susto en escaparate.

Eso no es prevención. Eso es comunicación de crisis. Y el problema de fondo es precisamente ese: el mirismo lleva años confundiendo la política pública con la escenografía. Gobernar no puede consistir en comparecer después de cada problema para asegurar que esta vez sí habrá medios, esta vez sí habrá refuerzo, esta vez sí se ha aprendido la lección. Si la lección siempre llega después del incendio, entonces no hay gestión: hay reincidencia.

El fuego retrata mejor que ningún discurso al mirismo

Sierra Espuña no ha sido un incendio cualquiera. No por la superficie afectada, que ya de por sí es grave, sino por lo que ha revelado sobre el estado real del sistema de emergencias. La oposición denunció que en el parque de Alhama solo había dos bomberos cuando se declaró el incendio, cuando deberían haber sido al menos cinco. También cuestionó que no se hubiera convocado la coordinación política adecuada en una emergencia de este nivel. El Gobierno regional respondió defendiendo que las decisiones técnicas fueron correctas. Puede ser. Pero esa defensa no anula la pregunta importante: ¿estaba la Región todo lo preparada que debía para responder a un fuego de esta magnitud?

Y ahí es donde el mirismo hace agua. Porque no basta con salir después a elogiar el trabajo de los profesionales. Por supuesto que hay que hacerlo. Pero usar el sacrificio y la eficacia de quienes se juegan el tipo sobre el terreno como parapeto político es una vieja especialidad del PP regional. El mirismo lleva demasiado tiempo viviendo de eso: de sostener con el esfuerzo de los demás lo que no quiere reforzar con planificación, estabilidad y recursos.

De hecho, si algo define al mirismo es esa dependencia permanente del aguante de los servicios públicos mientras se deterioran por dentro. Ocurre con la dependencia, ocurre con la sanidad, ocurre con la educación y ocurre también con las emergencias. Mientras el sistema no colapse del todo, se vende normalidad. Cuando la tensión se hace visible, se niega el problema. Y cuando ya no queda más remedio, se anuncia una solución futura como si el pasado no existiera.

Por eso el anuncio de un Infomur reforzado para este verano no suena a tranquilidad. Suena a confesión involuntaria. Porque lo que está diciendo en realidad el Gobierno de López Miras es que esa conversación sobre medios y capacidad de respuesta era necesaria y estaba pendiente. Que ha hecho falta un incendio serio para colocarla en primer plano. Que, otra vez, el monte ha tenido que arder para que el mirismo recuerde que gobernar también consiste en anticiparse.

La prevención no puede ser una rueda de prensa posterior

El gran fraude político del mirismo no está en sus palabras, sino en sus tiempos. Siempre llega tarde. Siempre reacciona después. Siempre intenta transformar la consecuencia en oportunidad de propaganda. Con Sierra Espuña ha vuelto a pasar. En lugar de abrir un debate honesto sobre si el dispositivo estaba suficientemente preparado, sobre si la estructura de bomberos arrastra déficits reales o sobre si la coordinación institucional funciona con toda la solidez exigible, el Gobierno regional ha preferido hacer lo que mejor sabe hacer: cambiar de pantalla.

La pantalla nueva es el verano. Los 450 efectivos. La gran operación preventiva que se anunciará cuando ya haya pasado lo peor. Pero el problema no está en junio, julio o agosto. El problema está en marzo. El problema está en que un incendio forestal serio vuelva a obligar a discutir deprisa si faltan medios, si hay parques tensionados o si el sistema se apoya demasiado en la épica y demasiado poco en la estructura. El problema está en que el mirismo solo considere urgente lo que ya ha salido ardiendo.

Y esto no es una exageración retórica. Es una pauta de gobierno. El Mar Menor se convirtió en prioridad cuando la degradación fue inocultable. La dependencia vuelve a ser noticia cuando las cifras de personas fallecidas esperando ayuda resultan insoportables. Las emergencias regresan al centro del debate cuando la UME entra en escena y ya no hay manera de esconder la gravedad de lo ocurrido. El mirismo no planifica por convicción. Planifica por obligación, por presión y casi siempre con retraso.

Hay algo profundamente agotado en esa forma de administrar la Región. Algo que mezcla soberbia política con dependencia obsesiva del titular. Porque el mirismo necesita aparentar control incluso cuando la realidad demuestra lo contrario. Nunca admite que llega tarde. Nunca reconoce que algo estaba mal antes del estallido. Nunca acepta que la prevención falló. Todo se reconduce al argumentario de siempre: los técnicos actuaron, se movilizaron medios, el incendio se controló, habrá más recursos en el futuro. Y así, una vez más, se intenta clausurar la discusión incómoda.

Pero la discusión sigue ahí. Sigue porque más de 436 hectáreas no son una anécdota. Sigue porque una emergencia de este tipo no puede zanjarse solo con autocomplacencia. Sigue porque la ciudadanía tiene derecho a saber si los anuncios que hoy se hacen no deberían haberse concretado mucho antes. Y sigue, sobre todo, porque un Gobierno no está para gestionar bien el susto, sino para reducir al máximo las posibilidades de que el susto se convierta en catástrofe.

El monte arde, el mirismo comparece

En el fondo, Sierra Espuña ha dejado una imagen muy precisa del tiempo político de López Miras. El monte arde. Los servicios responden como pueden y como saben. La oposición denuncia carencias. El Gobierno se blinda. Y acto seguido aparece la promesa de refuerzo. Esa secuencia resume perfectamente la lógica del mirismo: no evitar el golpe, sino intentar capitalizar la respuesta.

Lo más preocupante es que esta forma de gobernar ya no parece una excepción. Es método. Es estilo. Es marca política. El mirismo ha convertido la reacción en modelo y la previsión en material para notas de prensa posteriores. No gobierna sobre los riesgos: gobierna sobre las consecuencias. No se adelanta a las crisis: las encapsula cuando estallan. Y luego intenta vender como liderazgo lo que no es más que supervivencia política.

Por eso este incendio debería servir para algo más que para el parte oficial y la foto del operativo. Debería servir para discutir seriamente qué sistema de emergencias tiene la Región de Murcia, qué carencias arrastra, qué prevención real existe más allá del discurso y cuánto tiempo más puede seguir López Miras gobernando a base de inercia, desgaste profesional de los servicios y marketing institucional.

Porque si algo ha quedado claro esta semana es que Sierra Espuña no solo ha ardido por el fuego. También ha ardido por dentro la coartada del mirismo. Esa idea de que aquí todo funciona razonablemente bien hasta que llega una desgracia imprevisible. No. Lo que ha vuelto a demostrarse es que muchas veces la desgracia no es solo el incendio. La desgracia es tener un Gobierno que solo descubre la prevención cuando ya está contando hectáreas quemadas.

Y esa es la verdad más incómoda para López Miras: que el mirismo podrá controlar el relato durante unas horas, podrá sacar pecho con anuncios futuros y podrá envolverse en la profesionalidad de los equipos de emergencia, pero no puede borrar lo esencial. Cuando Sierra Espuña ardió, la prevención no estaba en la rueda de prensa. La prevención tenía que haber estado antes.

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