El lobo cuidando a las gallinas

El lobo cuidando a las gallinas

«López Miras aparta al responsable político de la crisis de las prótesis y coloca en Salud a quien dirigía el SMS durante parte de la etapa investigada«

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Hay decisiones que no necesitan demasiada explicación porque se delatan solas. Fernando López Miras ha intentado vestir de remodelación de Gobierno lo que parece, huele y suena a cese del consejero de Salud por el escándalo de las prótesis caducadas. Juan José Pedreño desaparece del Ejecutivo regional justo cuando la presión política, judicial y social por la trama del Servicio Murciano de Salud se había vuelto insoportable. Y su sustituta no llega desde fuera para abrir ventanas, levantar alfombras y revisar cajones. Su sustituta es Isabel Ayala, hasta ahora directora gerente del propio SMS.

El movimiento resume como pocos la lógica del mirismo: cuando el problema es grave, se cambia el envoltorio; cuando la responsabilidad aprieta, se desplaza; cuando la ciudadanía exige respuestas, se ofrece una foto nueva. Pedreño era el responsable político de la Consejería de Salud. Eso está claro. Pero Ayala era la máxima responsable administrativa del Servicio Murciano de Salud, el organismo en cuyo seno se investiga una trama que, según la información aparecida en distintos medios de comunicación, habría implicado material caducado o no homologado, prótesis facturadas con importantes sobrecostes y posibles fallos de control durante años.

No consta que Isabel Ayala esté investigada ni que se le atribuya responsabilidad penal personal en los hechos. Conviene decirlo con claridad, porque una cosa es la crítica política y otra muy distinta la imputación de delitos. Pero también conviene decir con la misma claridad que la responsabilidad pública no empieza y termina en el Código Penal. Existe la responsabilidad política. Existe la responsabilidad administrativa. Existe la responsabilidad de quien dirige un organismo y debe garantizar que los controles funcionan, que las compras se revisan, que las facturas se fiscalizan y que el material que se implanta a un paciente cumple todas las garantías.

Por eso el nombramiento no tranquiliza. Inquieta. Porque López Miras no ha colocado al frente de Salud a alguien llamado a revisar desde fuera lo ocurrido en el SMS. Ha colocado a quien hasta ahora estaba dentro, en la cúspide de la estructura administrativa que debe dar explicaciones. Es como pedirle al lobo que cuide a las gallinas y, además, que nos convenza de que el gallinero está perfectamente protegido.

Cambiar una cara no es asumir responsabilidades

La salida de Pedreño era políticamente inevitable. Durante días, el Gobierno regional trató de contener el golpe. Primero negando, luego matizando, después intentando convertir en ruido político lo que es un escándalo sanitario de primera magnitud. Pero cuando un caso afecta a pacientes, quirófanos, prótesis, facturas públicas y material presuntamente caducado, la propaganda aguanta poco.

La pregunta no era si Pedreño podía seguir. La pregunta era cuánto tiempo tardaría López Miras en encontrar una fórmula para retirarlo sin reconocer que lo retiraba por el caso de las prótesis. Y la fórmula ha sido la de siempre: una remodelación. Una palabra limpia, técnica, casi amable. Remodelar suena a ordenar, a modernizar, a dar impulso. Cese suena a responsabilidad. Dimisión suena a fracaso. Por eso el mirismo prefiere siempre el decorado antes que el fondo.

Pero la ciudadanía no es ingenua. Sabe leer los tiempos. Sabe que un consejero de Salud no sale del Gobierno en plena crisis sanitaria por casualidad. Sabe que no se aparta al rostro político de una Consejería golpeada por una investigación de esta gravedad porque de pronto haya que “reforzar” el Ejecutivo. Sabe que, si la crisis no hubiera estallado, probablemente Pedreño seguiría sentado en su despacho.

El problema es que López Miras ha intentado resolver la parte visible del incendio sin tocar la instalación eléctrica. Quita al consejero que ardía en la portada, pero mantiene intacta la lógica de fondo: proteger la estructura, evitar una depuración profunda y controlar políticamente el relato. La salida de Pedreño puede servir para ganar unas horas de oxígeno, pero no responde a ninguna de las preguntas que siguen pendientes.

¿Cuántos pacientes pudieron verse afectados? ¿Qué material se implantó? ¿Quién autorizó las compras? ¿Quién revisó las facturas? ¿Quién controló los sobrecostes? ¿Qué sabía la Consejería? ¿Qué sabía la gerencia del SMS? ¿Cuándo se conocieron internamente las alertas? ¿Qué controles fallaron? ¿Quién tenía la obligación de detectarlo? ¿Por qué no se actuó antes?

Cambiar una cara no contesta a nada de eso.

Y cuando la nueva cara es la de la persona que dirigía administrativamente el organismo afectado, la operación deja de parecer una respuesta y empieza a parecer una maniobra de protección.

La diferencia entre gestionar y vigilar

La sanidad pública no es una máquina abstracta. No son solo organigramas, direcciones generales, gerencias, contratos y expedientes. La sanidad pública tiene nombres, apellidos, camas, quirófanos, esperas, miedo, familias en pasillos y pacientes que firman un consentimiento confiando en que todo lo que va a entrar en su cuerpo cumple las máximas garantías.

Esa confianza es sagrada. Y cuando se rompe, no basta con una rueda de prensa ni con una remodelación de Gobierno.

El caso de las prótesis caducadas golpea precisamente ahí: en la confianza. Porque no hablamos de una carretera mal asfaltada, de una subvención mal tramitada o de una factura que llegó tarde. Hablamos de material sanitario. De productos que, según las informaciones conocidas, pudieron estar caducados o no homologados. De sobrecostes presuntamente cargados al sistema público. De pacientes que ahora pueden preguntarse si lo que les implantaron estaba en regla. Y esa duda, por sí sola, ya es una herida.

Por eso resulta tan difícil aceptar que la respuesta de López Miras sea promocionar a la persona que estaba al frente del SMS. Porque la gerencia no es un cargo decorativo. La gerencia gestiona. Ordena. Supervisa. Dirige. No opera a los pacientes ni firma necesariamente cada expediente, pero está para que el sistema funcione. Para que existan controles. Para que las alarmas suenen. Para que las irregularidades no se pudran durante años en los circuitos internos de la Administración.

Si Pedreño tenía la responsabilidad política, Ayala tenía una responsabilidad administrativa evidente como máxima responsable del SMS. Y esa responsabilidad exige explicaciones antes que ascensos. Exige comparecer antes que tomar posesión. Exige rendir cuentas antes que presentarse como solución.

No se trata de condenar a nadie antes de tiempo. Se trata de algo mucho más básico: no poner al frente de la limpieza a quien dirigía la casa cuando la suciedad se acumulaba debajo de la alfombra.

El mirismo, sin embargo, funciona de otra manera. No busca tanto aclarar lo ocurrido como controlar los daños. No pretende tanto abrir una nueva etapa como evitar que la etapa anterior arrastre al presidente. Pedreño sale porque ya era imposible sostenerlo. Ayala entra porque garantiza continuidad, conocimiento interno y control del aparato sanitario. Y eso puede ser cómodo para el Gobierno, pero es pésimo para la confianza ciudadana.

No es una crisis de nombres, es una crisis de sistema

López Miras quiere que miremos el organigrama. Pero lo que hay que mirar es el sistema.

Porque si una trama de estas características pudo operar durante años, si hubo material caducado o no homologado, si hubo facturación con sobrecostes, si hubo fallos de trazabilidad, si hubo contratos o compras bajo sospecha, entonces el problema no se resuelve sustituyendo a un consejero. El problema exige una auditoría completa, una comisión de investigación real, entrega de documentación sin excusas, información clara a los pacientes y responsabilidades en toda la cadena de mando.

Y ahí es donde la remodelación se queda pequeña. Muy pequeña.

La salida de Pedreño puede ser el primer reconocimiento tácito de que el Gobierno regional no podía seguir como si nada. Pero el nombramiento de Ayala manda el mensaje contrario: aquí no se va a tocar lo esencial. Aquí se cambia el cartel de la puerta, pero la habitación sigue igual. Aquí se retira al responsable político, pero se premia a la responsable administrativa. Aquí se pide confianza a la ciudadanía mientras se protege la continuidad de la estructura que debe ser examinada.

El ciudadano medio quizá no conozca los nombres de todos los directores generales ni entienda la complejidad interna del SMS. Pero entiende algo muy sencillo: si en una empresa hay un escándalo grave en el área de compras, no se pone a dirigir la auditoría a quien estaba al frente de esa área. Si en un colegio se investiga un fallo grave de seguridad, no se asciende a quien tenía que supervisarla sin pedirle antes explicaciones. Si en un hospital público se investiga una trama que afecta a material implantado en pacientes, no parece razonable colocar al frente de la Consejería a quien dirigía el organismo afectado.

Eso lo entiende cualquiera.

Y precisamente por eso el nombramiento resulta tan hiriente. Porque transmite la sensación de que el Gobierno regional no ha entendido la gravedad moral del caso. O peor aún: que la ha entendido perfectamente y ha decidido actuar pensando más en su propia supervivencia que en la confianza de los pacientes.

La Región de Murcia no necesita una Consejería de Salud diseñada para proteger al presidente. Necesita una Consejería de Salud capaz de proteger a los pacientes. Necesita saber la verdad. Necesita saber si hubo personas intervenidas con material caducado. Necesita saber si esas personas han sido localizadas, informadas y atendidas. Necesita saber si los contratos se revisarán de verdad. Necesita saber si el SMS va a abrir sus archivos o si seguirá funcionando como una fortaleza cerrada.

El Gobierno regional parece pedir paciencia. Pero la paciencia se agota cuando se habla de salud. Y se agota mucho más cuando quienes deberían dar explicaciones reciben premios en forma de ascenso.

El lobo cuidando a las gallinas no es solo una metáfora dura. Es una advertencia. Advierte de lo que ocurre cuando el poder se protege a sí mismo. Advierte de lo que pasa cuando una crisis sanitaria se trata como un problema de comunicación. Advierte de lo peligroso que es confundir continuidad con estabilidad, silencio con prudencia y remodelación con responsabilidad.

Pedreño se va. Ayala llega. López Miras intenta pasar página. Pero la página no se pasa cuando todavía hay pacientes esperando respuestas. No se pasa cuando el SMS sigue bajo sospecha. No se pasa cuando la persona que debía gestionar ese organismo es elevada a consejera sin una explicación previa suficiente.

El mirismo puede llamar a esto remodelación. Puede vestirlo de impulso político, de nueva etapa o de reorganización administrativa. Pero debajo del traje queda lo esencial: el presidente ha apartado al responsable político de la crisis y ha colocado en su lugar a la responsable administrativa del organismo cuestionado.

Y eso no es cerrar una herida. Es taparla con maquillaje mientras sigue sangrando.

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