Integridad

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“El  desgaste,  ‘muerte  civil’  y  destrucción  personal  de  un  funcionario  cuando  denuncia irregularidades internas en la policía”

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Denunciar irregularidades internas en un cuerpo policial  —corrupción, abusos, malversación o violaciones de derechos— supone, para cualquier funcionario que lo hace, un acto de valentía ética que choca frontalmente con la cultura institucional dominante en algunos ámbitos laborales de la función publica que tienen una fuerte jerarquía interna.

Esta norma no escrita, en ocasiones prioriza la lealtad al grupo por encima de la verdad y la ley. El resultado no es solo un coste profesional, sino un desgaste integral que muchas veces equivale a una muerte civil (pérdida de estatus, reputación y futuro laboral abocado al estigma) que por norma, viene acompañado de una muerte familiar. Y, lo más grave, el sistema que debería proteger al denunciante —la propia institución, los mecanismos internos y el aparato judicial— lo abandona con frecuencia a su suerte. Esto lo escribo basándome en mi propia vivencia y la de otros denunciantes que han sufrido (y sufren a día de hoy) el rechazo de un sistema que, a pesar de una Ley de protección que quiere transmitir sensación de seguridad al denunciante, la realidad es que nos deja en el mas absoluto abandono.

El desgaste psicológico: del estrés crónico al daño moral

El policía que denuncia no solo enfrenta el riesgo inmediato de represalias; vive un estrés prolongado que daña su salud mental. El funcionario observa o denuncia conductas que violan sus propios valores éticos (lealtad, justicia, integridad) y, al mismo tiempo, tenemos ese sentimiento de traición por la institución y las leyes que juramos cumplir y servir.

Este desgaste se suele manifestar en un agotamiento emocional, cinismo, insomnio, ansiedad y depresión, con vinculaciones directas a un mayor consumo de alcohol, trastornos del sueño y, en casos extremos, suicidio.

El funcionario denunciante pasa a convertirse en “un empleado incomodo”. Sus compañeros lo evitan como si fuera un apestado en la administración, pues nadie quiere que se le relacione con una persona a la cual se le han atribuido unos estereotipos negativos que durante su carrera le perseguirán, pues no está bien visto hoy en día exigir el cumplimiento de la legalidad.

El sistema no ofrece protección efectiva y la baja médica por estrés se interpreta muchas veces como debilidad, agravando el estigma.

La “muerte civil”: ostracismo profesional y destrucción de la carrera

En la práctica, denunciar equivale a una expulsión social y laboral dentro de la administración. Se produce lo que se denomina muerte civil: en mi caso como agente, uno deja de existir como miembro útil del cuerpo, aunque formalmente siga en nómina.

La dificultad de reinserción del denunciante, como dice Luis Gonzalo Segura en su nuevo libro, una vez etiquetado como “funcionario molesto”, es prácticamente imposible encontrar empleo o volver a un puesto relevante. La “muerte civil” es real: el denunciante pierde su identidad profesional, su red de contactos y su prestigio, no importa las condecoraciones que tuviera antes de denunciar, una vez que te armas de valor y lo haces pensando en que la Ley de protección funciona pasas de manera automática al otro bando, el de la soledad y la pérdida.

El argumento es claro: la administración prioriza su imagen corporativa por encima de la rendición de cuentas. Las denuncias internas se interpretan como deslealtad, no como servicio público por el interés general como debería de ser, pues los corruptos conocen las leyes y lo que les interesa no es cumplirlas ni que venga un funcionario molesto a señalarlos, lo que quieren es aprender a esquivarlas con apariencia de legalidad con el fin de no ser atrapados por algún Fiscal o Juez valiente.

La “muerte familiar”: el colapso del núcleo afectivo y económico

El impacto no se detiene en el individuo. La familia sufre un daño colateral devastador. Comienzan con intentar asfixiarte con pérdida de ingresos por cambios de destinos y complementos provocando hipotecas impagadas, embargos y pérdida total de la vivienda familiar.

Le siguen los conflictos de pareja e hijos: los “te quiero” cambian por un “¿porqué no te callaste como hacen todos?”, las mariposas que sentías se vuelven murciélagos y el funcionario cada dia llega a casa agotado, paranoico y con sentimiento de culpa. Las tasas de divorcio y conflictos familiares se disparan.

Por si fuera poco todo lo anterior nos encontramos con amenazas y represalias directas en forma de “Decreto”, pero además, esas represalias pueden llegar como fue en mi caso a llegar a la familia (investigan donde trabaja la mujer, a que colegio van tus hijos…). Como denunciante no solo te sientes solo; sabes que has puesto en peligro a los tuyos, a tu núcleo familiar.

La familia pasa de ser el refugio a ser otra víctima del sistema. Muchas parejas se rompen; los hijos internalizan el estigma y el denunciante se convierte en un extraño en su propia casa.

El abandono es sistemático: el sistema que promete protección y te entrega al “lobo”

Aquí radica la mayor injusticia. Existen marcos legales como la Ley de protección de denunciantes, pero en la práctica son ineficaces:

Las investigaciones internas son lentas, sesgadas o archivadas. La justicia ordinaria tarda años y, mientras tanto, el denunciante queda expuesto. No hay un mecanismo real de reubicación protegida ni apoyo psicológico especializado. El mensaje implícito es devastador: “denuncia si quieres, pero asume las consecuencias solo”. Esto explica por qué la mayoría de irregularidades graves nunca salen a la luz: el coste es existencial.

La conclusión es un coste desproporcionado que perpetúa la impunidad

Denunciar  irregularidades  internas  en  cualquier  administración  publica  no  es  solo  un  acto  de conciencia; es un deber y a su vez un acto de alto riesgo que genera un desgaste multidimensional (físico, psicológico, profesional y familiar) que equivale, en muchos casos, a una muerte civil y familiar. El sistema, lejos de blindar al denunciante, lo abandona porque la cultura institucional valora más la lealtad interna que la integridad pública.

Casos como el mío demuestran que, excepcionalmente, la justicia puede llegar… pero después de años de sufrimiento y con un precio personal altísimo generando un círculo vicioso: la impunidad interna fomenta más corrupción, que a su vez desincentiva nuevas denuncias. La sociedad paga el precio en forma de pérdida de confianza en  las administraciones.  La solución  no  es  idealizar al  “héroe solitario”, sino  exigir  reformas estructurales reales: protección efectiva e inmediata, apoyo psicológico especializado y un cambio cultural que premie la rendición de cuentas. Mientras tanto, el funcionario que decide hablar sabe que, probablemente, estará solo frente a la ley que juró defender.

Esa soledad es el verdadero precio de la integridad.

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