López Miras, un bombero sin manguera

López Miras, un bombero sin manguera

El mirismo presume de coordinación europea mientras la Región de Murcia sigue acumulando emergencias mal atendidas, servicios tensionados y recursos insuficientes

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Hay una imagen que define bastante bien el momento político de Fernando López Miras: el presidente regional hablando en Bruselas de una unidad europea de formación en emergencias mientras, aquí, en la Región de Murcia, los servicios públicos que deberían responder a esas emergencias siguen pidiendo medios, personal, planificación y algo tan básico como que alguien les escuche antes de que vuelva a pasar lo de siempre.

No es que Europa no importe. Claro que importa. No es que la coordinación ante incendios, inundaciones, crisis climáticas o catástrofes sea una mala idea. Al contrario. Cualquier administración sensata debería entender que las emergencias ya no caben dentro de un término municipal, ni siquiera dentro de una comunidad autónoma. Los incendios forestales, las DANAS, las olas de calor, las riadas, los episodios de contaminación o las crisis sanitarias exigen cooperación, protocolos comunes y formación compartida.

El problema no es la idea. El problema es quién la pronuncia, desde dónde la pronuncia y con qué realidad vuelve después a casa.

Porque López Miras quiere coordinar Europa mientras no termina de coordinar en su propia casa. Y esa es la esencia del mirismo: convertir cada carencia interna en una foto exterior, cada problema estructural en una frase solemne, cada falta de gestión en un decorado institucional. El mirismo no resuelve, enmarca. No arregla, anuncia. No planifica, comparece. Si hay una emergencia, primero busca el atril. Si hay un conflicto, busca una bandera. Si hay un problema propio, busca una administración ajena a la que señalar.

El escaparate europeo y la trastienda regional

La Región de Murcia sabe mucho de emergencias. Demasiado. Las sabe por las inundaciones que convierten calles en cauces improvisados. Las sabe por un Mar Menor que lleva años avisando de que el desastre ambiental también es una emergencia lenta. Las sabe por incendios que obligan a movilizar recursos con la sensación de que siempre se llega con lo justo. Las sabe por parques de bomberos que han denunciado carencias, por plantillas tensionadas, por servicios que funcionan gracias al compromiso de sus profesionales y no siempre gracias a la planificación de quienes gobiernan.

Ahí está la contradicción. En Bruselas, el presidente habla de formación, coordinación y respuesta europea. En la Región, demasiadas veces, la respuesta cotidiana se sostiene con parches. Se pide más coordinación internacional mientras se descuida la coordinación básica entre administraciones cercanas. Se habla de grandes estrategias cuando faltan soluciones sencillas. Se invoca la prevención europea mientras se dejan problemas regionales pudrirse hasta que explotan.

El mirismo tiene una extraordinaria habilidad para construir discursos que suenan importantes sin tocar demasiado la realidad. Hablar de emergencias en Europa queda bien. Tiene empaque. Permite titulares limpios, fotos de despacho, lenguaje institucional y esa pátina de estadista regional que tanto gusta en San Esteban. Pero la credibilidad de un presidente no se mide por la altura del foro en el que habla, sino por la calidad de los servicios que deja detrás cuando vuelve.

Y ahí la Región de Murcia no necesita discursos. Necesita más medios. Necesita parques de bomberos reforzados. Necesita planes contra inundaciones que no se queden en documentos olvidados. Necesita prevención real en el territorio. Necesita coordinación efectiva entre Comunidad Autónoma, ayuntamientos y servicios de emergencia. Necesita inversión sostenida, no propaganda intermitente. Necesita escuchar a quienes se juegan la vida y la salud cuando las cosas se tuercen.

Porque una emergencia no se apaga con una nota de prensa. Una rambla no se encauza con una intervención en Bruselas. Un parque de bomberos no se dota con una frase redonda. Una familia atrapada por una riada no pregunta qué dijo el presidente en el Comité Europeo de las Regiones. Pregunta cuánto tarda en llegar la ayuda, cuántos efectivos hay disponibles y si alguien hizo los deberes antes de que empezara a llover.

La política del atril frente a la política del camión de bomberos

Hay dos formas de entender la gestión pública. Una es la política del atril: anunciar, escenificar, responsabilizar a otros, presentarse como víctima de un Gobierno central hostil o como embajador de grandes soluciones internacionales. La otra es la política del camión de bomberos: presupuesto, turnos, equipos, mantenimiento, prevención, protocolos, formación, respuesta rápida y evaluación posterior.

La primera luce mucho. La segunda salva vidas.

El Gobierno regional lleva años instalado en una mezcla de propaganda y transferencia de culpas. Si falta financiación, la culpa es de Madrid. Si hay listas de espera, la culpa es del Ministerio. Si la vivienda se dispara, la culpa es de la ley estatal. Si el Mar Menor se colapsa, la culpa se reparte hasta que nadie sabe dónde empieza ni termina. Y si hay que hablar de emergencias, entonces se sube un peldaño más: Europa.

Pero gobernar no consiste en encontrar siempre un escenario más grande desde el que parecer menos responsable. Gobernar consiste en hacerse cargo. Y hacerse cargo, en una región vulnerable a fenómenos extremos, implica asumir que la emergencia climática ya está aquí, que los episodios de lluvias torrenciales no son rarezas bíblicas, que los incendios serán más complejos, que el litoral necesita planificación y que los servicios de respuesta deben estar dimensionados para la realidad que viene, no para la foto que conviene.

El mirismo es profundamente fotogénico, pero peligrosamente alérgico a la profundidad. Le gustan las palabras grandes: coordinación, excelencia, liderazgo, estrategia, resiliencia. Lo que cuesta más es encontrar la traducción concreta de esas palabras en los presupuestos, en las plantillas, en los retenes, en los vehículos, en los parques, en la protección civil municipal, en los planes de evacuación, en la limpieza de cauces, en la prevención real y en la formación continua de quienes actúan sobre el terreno.

La Región de Murcia no necesita que su presidente deje de hablar en Bruselas. Necesita que lo que diga allí tenga alguna coherencia con lo que hace aquí. Necesita que, antes de proponer grandes arquitecturas europeas, garantice que en su propia comunidad los servicios de emergencia no tengan que mendigar lo básico. Necesita que la prevención deje de ser un capítulo decorativo y pase a ser una política central.

Porque cuando un presidente presume de mirar lejos, pero no ve lo que tiene delante, el problema no es de ambición. Es de enfoque.

El mirismo siempre llega después de la sirena

El mirismo tiene una relación curiosa con las crisis: suele llegar tarde, pero con relato. Cuando el problema se desborda, aparece la escenografía. Se visita la zona afectada, se promete estudiar soluciones, se culpa a quien toque y se anuncia algún plan. Después, el tiempo pasa, los titulares se enfrían y la estructura sigue parecida. Hasta la siguiente emergencia.

Ese es el círculo que hay que romper. La gestión de emergencias no puede depender del ciclo mediático. No puede activarse solo cuando hay humo, agua, miedo o vecinos indignados. La verdadera política de emergencias se hace antes: cuando no hay cámaras, cuando se aprueban presupuestos, cuando se contrata personal, cuando se revisan protocolos, cuando se escuchan advertencias técnicas, cuando se invierte en prevención aunque no dé votos inmediatos.

Por eso chirría tanto escuchar grandes discursos sobre coordinación europea mientras aquí se acumulan síntomas de una administración que demasiadas veces funciona a remolque. Chirría porque la Región de Murcia no parte de cero en avisos. Ha tenido suficientes episodios como para saber que la prevención no es un lujo. Ha tenido suficientes sustos como para entender que el territorio no perdona la improvisación. Ha tenido suficientes denuncias profesionales como para dejar de tratar las carencias como molestias sindicales o ruido opositor.

Los bomberos no necesitan aplausos de temporada. Necesitan medios. Protección Civil no necesita menciones solemnes. Necesita recursos. Los ayuntamientos no necesitan que se les deje solos hasta que el agua entra por la puerta. Necesitan coordinación y financiación. Los vecinos no necesitan que se les diga que todo está bajo control cuando ven que no lo está. Necesitan confianza basada en hechos.

Y eso, precisamente, es lo que el mirismo tiene más difícil ofrecer: hechos sostenidos en el tiempo.

López Miras puede hablar en Bruselas de emergencias. Puede proponer unidades europeas, foros de formación, cooperación internacional y todo lo que considere oportuno. Pero cada vez que lo haga debería recordar que la primera unidad de emergencia que tiene que funcionar es la de casa. La que llega a una carretera inundada. La que responde a un incendio. La que atiende una crisis en un municipio pequeño. La que protege un litoral vulnerable. La que no sale en las fotos europeas, pero sostiene la seguridad real de la ciudadanía.

Porque la política no se mide por la distancia del micrófono, sino por la cercanía de la respuesta. Y en la Región de Murcia hay demasiadas emergencias que no necesitan discursos en Bruselas, sino decisiones aquí. Menos solemnidad y más inversión. Menos escaparate y más prevención. Menos mirismo y más gestión.

Al final, cuando suena la sirena, nadie pregunta por la última intervención del presidente en Europa. La gente quiere saber si hay alguien preparado, con medios suficientes y con un plan serio para ayudar. Todo lo demás, por muy bien que quede en la agenda internacional, es humo. Y de humo, en esta Región, ya sabemos demasiado.

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