El día de la marmota

El día de la marmota

«Cada Debate de la Región López Miras promete un futuro nuevo, pero demasiadas veces suena a viejo conocido«

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Hay una forma muy murciana de saber que llega el verano político: suben las temperaturas, se calientan las aulas y Fernando López Miras vuelve a la Asamblea Regional con una lista de promesas bajo el brazo. Cambian los nombres, cambian los millones, cambian los plazos, pero la música empieza a resultar demasiado familiar. Como en aquella película en la que el protagonista despertaba siempre en el mismo día, la Región de Murcia parece condenada a escuchar cada año anuncios que ya habían pasado antes por el atril.

El presidente volvió al Debate sobre el Estado de la Región con planes hasta 2030, estrategias de futuro, decretos pendientes, leyes por venir y cifras lo bastante grandes como para llenar titulares. Climatización, vivienda, sanidad, dependencia, carreteras, industria, impuestos, Mar Menor. Todo cabe en el escaparate. Todo suena importante. Todo parece urgente. Y, sin embargo, la pregunta que quedó flotando en el ambiente no fue qué prometía López Miras esta vez, sino cuántas de esas promesas eran realmente nuevas.

Porque el problema del presidente no es que anuncie medidas. Eso lo hacen todos los gobiernos. El problema es que demasiadas veces sus anuncios llegan cargados de hemeroteca. No nacen de cero. Vienen de otros debates, de otras comparecencias, de otros planes, de otros titulares. Lo que un año fue “en los próximos meses”, al siguiente vuelve convertido en “inminente”. Lo que en 2025 era una solución estrella, en 2026 reaparece con otro envoltorio. Lo que no se cumplió no se reconoce: se reprograma.

Y así se gobierna más cómodo. Si una promesa se retrasa, se le cambia el nombre. Si un decreto fracasa, se presenta de nuevo. Si una obra no empieza, se anuncia otro impulso. Si un problema persiste, se le añade otra partida. La política regional ha terminado construyendo un idioma propio para aplazar sin admitirlo: avanzar, impulsar, desbloquear, iniciar, licitar próximamente, redactar, tramitar, estudiar, coordinar. Verbos todos ellos muy útiles para no decir lo esencial: todavía no está hecho.

La inminencia que dura un año

El caso del Plan Oncológico resume mejor que ningún otro esta forma de gobernar. En el Debate de 2025, López Miras anunció el primer Plan Oncológico de la Región de Murcia y aseguró que se aprobaría “en los próximos meses”. Era una promesa sensible, seria, vinculada a una de las principales preocupaciones sanitarias de cualquier sociedad. No era un adorno discursivo.

Un año después, en el Debate de 2026, el plan volvió a aparecer como una presentación “inminente”. La palabra tiene su ironía. En la Región de Murcia, lo inminente puede durar doce meses y seguir siendo inminente. No se explicó con claridad por qué no llegó cuando se dijo que llegaría. No hubo rendición de cuentas sobre el retraso. Simplemente volvió al escaparate.

Ese es el truco. La promesa no envejece porque cada año se le cambia la fecha de caducidad. El ciudadano escucha “Plan Oncológico” y puede pensar que está ante una novedad. Pero quien guarda memoria sabe que no lo es. Y en política, la memoria es incómoda precisamente porque impide que los anuncios se disfracen eternamente de estreno.

Algo parecido ocurre con la vivienda asequible. El año pasado fue uno de los grandes titulares del Gobierno regional: nuevo modelo, decreto ley, colaboración público-privada y 25.000 viviendas en cinco años. El decreto cayó en la Asamblea. No salió adelante. Aquella gran solución no se convirtió en la herramienta que el Gobierno prometía.

Ahora vuelve. Pero vuelve peor. Regresa condicionada por Vox y por la llamada “prioridad nacional”. Es decir, el PP no solo recupera una medida que ya fracasó políticamente, sino que la rescata pagando un peaje ideológico a la extrema derecha. López Miras presentó la vivienda como una respuesta a un problema social, pero terminó enseñando otra cosa: la dependencia parlamentaria de un Gobierno que presume de estabilidad mientras necesita que Vox le marque el paso.

La vivienda merecería bastante más seriedad. En la Región de Murcia hay jóvenes que no pueden emanciparse, familias que viven al límite del alquiler, municipios donde encontrar una vivienda digna se ha vuelto un pequeño vía crucis y una política pública que no ha estado a la altura durante años. Frente a eso, el Gobierno ofrece un número redondo: 25.000 viviendas. Suena bien. Pero ya sonaba bien en 2025. Y la vida de la gente no cambia porque un presidente repita una cifra desde la tribuna.

Aulas horno y titulares refrigerados

La climatización de los centros educativos es otro ejemplo perfecto del método Miras. Este año se llama ClimaTIZA y viene con 89 millones hasta 2030. Dicho así, parece un gran salto. Pero basta mirar un poco atrás para ver que el problema no aparece ahora. Hace apenas unas semanas ya se habían anunciado 11 millones para mejorar el confort térmico en las aulas. Y desde 2020 el Gobierno regional presume de inversiones millonarias en eficiencia energética en centros educativos.

Entonces la pregunta no es si el nuevo plan suena bien. Claro que suena bien. La pregunta es por qué, después de tantos anuncios, tantos millones y tantos planes energéticos, las familias siguen hablando de aulas horno. Por qué hay alumnos examinándose con calor insoportable. Por qué los docentes tienen que trabajar en condiciones que ninguna administración aceptaría en un despacho oficial. Por qué el Gobierno regional solo parece descubrir la urgencia cuando las quejas ya no caben debajo de la alfombra.

Hay una escena que resume muy bien la distancia entre la propaganda y la realidad: mientras el Ejecutivo regional vende planificación hasta 2030, las AMPAS piden soluciones para este junio. Esa diferencia temporal lo explica casi todo. La ciudadanía vive en el presente; López Miras gobierna en el futuro. Un futuro siempre prometedor, siempre millonario, siempre a punto de llegar, pero desesperadamente lento para quien sufre hoy el problema.

Y tampoco aquí se trata de negar que se hayan hecho actuaciones. Sería injusto y torpe. La crítica es otra: si después de años de inversiones el problema sigue siendo lo bastante grave como para justificar otro plan histórico, quizá el balance no puede limitarse a repetir cuánto dinero se ha anunciado. Habría que explicar qué se hizo, qué no se hizo, dónde no llegó, por qué no llegó y quién responde por ello.

Pero ese ejercicio es menos vistoso que ponerle nombre a un plan nuevo.

Millones contra las listas de espera, pacientes contra el reloj

La sanidad volvió a ocupar un lugar central, aunque no siempre por las razones que habría querido el presidente. López Miras anunció 20 millones adicionales para listas de espera, que se suman a más de 110 millones ya movilizados desde 2023. Otra vez, la cifra impresiona. Otra vez, el titular parece sólido. Y otra vez, la realidad obliga a bajar al suelo.

Si después de más de 110 millones hace falta anunciar otros 20, algo no termina de funcionar. Las listas de espera llevan años siendo una herida abierta en la sanidad murciana. Se han prometido tardes, refuerzos, planes de choque, más actividad quirúrgica, más pruebas, más consultas. Cada anuncio parece definitivo hasta que llega el siguiente. Y mientras tanto, los pacientes esperan.

La espera sanitaria no es una estadística fría. Es una persona que duerme mal porque no sabe cuándo la llamarán. Es una familia pendiente del teléfono. Es una prueba que se retrasa. Es una operación que se aleja. Es una vida organizada alrededor de una cita que no llega. Por eso resulta tan irritante escuchar cada año una nueva solución presentada como si el problema hubiera nacido ayer.

A ese desgaste se sumó en este debate la trama de las prótesis del Servicio Murciano de Salud. Conviene decirlo con rigor: las responsabilidades penales corresponden a los tribunales. Pero la responsabilidad política no necesita esperar a una sentencia para exigir explicaciones. Un presidente que presume de gestión sanitaria cuando anuncia inversiones no puede desaparecer detrás del procedimiento judicial cuando estalla una crisis que afecta a la confianza en el sistema.

López Miras optó por la prudencia cómoda. Defendió de forma genérica a los profesionales sanitarios, algo que nadie discute, pero evitó entrar con profundidad en la pregunta política de fondo: qué controles fallaron, quién debía vigilar, qué sabía el Gobierno y cuándo lo supo. La sanidad pública no se defiende solo con palabras solemnes; se defiende también dando explicaciones cuando aparecen sombras.

En dependencia, el guion se repite. Más millones, más plazas, más promesas. Y al otro lado, personas esperando una valoración, familias atrapadas en trámites, mayores que no tienen tiempo para la burocracia y cuidadores que sostienen con sus manos lo que la administración no resuelve a tiempo. La política social no puede medirse únicamente por la cifra que se anuncia, sino por la rapidez con la que llega a quien la necesita.

Ahí está una de las grandes fracturas del Gobierno regional: anuncia en grande y ejecuta en pequeño. O, al menos, ejecuta demasiado despacio para la vida real.

Carreteras que siempre están a punto de empezar

Hay promesas que, de tanto repetirse, parecen ya parte del paisaje. La vía de alta capacidad de Mazarrón, el acceso a Altorreal, la RM-425 en Yecla, las mejoras en La Manga. Año tras año aparecen en discursos, notas, planes, acuerdos, protocolos, proyectos y partidas. Siempre avanzan. Siempre se impulsan. Siempre están más cerca.

Pero la ciudadanía no circula por un “impulso”. No llega antes a casa por un “protocolo”. No mejora su seguridad vial con una “redacción de proyecto” eternamente celebrada. Las infraestructuras existen cuando se hacen, no cuando se anuncian por tercera o cuarta vez.

El Debate de la Región debería servir precisamente para separar el humo del hormigón. Para decir: esto se prometió, esto se ha ejecutado, esto está en obras, esto se ha retrasado y esta es la razón. Pero ese balance rara vez ocupa el centro. Es mucho más rentable políticamente convertir cada fase administrativa en un nuevo titular.

También en economía ocurre algo parecido. Un año se anuncian 700 millones para un plan industrial. Otro año, 250 millones para una nueva estrategia de competitividad. Cartagena se llena de promesas vinculadas a defensa, innovación, emprendimiento y transformación tecnológica. Todo suena moderno, ambicioso, europeo. Pero la pregunta sigue siendo la misma: cuánto está aprobado, cuánto está presupuestado, cuánto está ejecutado y cuánto es simplemente otro cartel en la autopista del futuro.

López Miras domina el lenguaje de las grandes cifras. Lo que no domina tanto es la rendición de cuentas sobre esas cifras. En su discurso, el dinero siempre aparece limpio, redondo, disponible. Luego llega la letra pequeña: presupuestos pendientes, convenios, fondos europeos, colaboración público-privada, autorizaciones, trámites, licitaciones, plazos plurianuales. La promesa entra por la puerta grande y la ejecución sale por la puerta de servicio.

Gobernar no es anunciar, es cumplir

Lo más grave de este Debate no es una promesa concreta. Es el modelo completo. López Miras ha convertido el anuncio en una forma de gobierno. No utiliza el debate para someterse a examen, sino para cambiar de tema hacia el siguiente compromiso. No comparece con una libreta de tareas cumplidas e incumplidas, sino con un catálogo de futuras soluciones.

Y así la Región de Murcia queda instalada en una especie de sala de espera permanente. Espera el Plan Oncológico. Espera la vivienda asequible. Espera la climatización de las aulas. Espera la reducción real de las listas sanitarias. Espera las plazas de dependencia. Espera las carreteras. Espera los presupuestos. Espera el siguiente debate, donde probablemente muchas de esas cosas volverán a ser anunciadas con otro nombre.

El PP regional suele acusar a la oposición de ser negativa, catastrofista o de no reconocer los avances. Es una defensa cómoda. Pero pedir que un presidente cumpla lo que promete no es catastrofismo. Exigir memoria no es bloqueo. Recordar la hemeroteca no es crispación. Es higiene democrática.

La Región de Murcia no necesita un presidente que cada junio descubra los mismos problemas. Necesita un Gobierno que los resuelva antes de tener que volver a anunciarlos. Necesita menos planes bautizados con nombres ingeniosos y más colegios habitables. Menos decretos resucitados y más vivienda pública real. Menos millones contra las listas de espera y más pacientes atendidos a tiempo. Menos “inminente” y más “aprobado”. Menos “próximamente” y más “cumplido”.

López Miras intenta vender estabilidad, pero su estabilidad se parece demasiado a la repetición. Intenta vender futuro, pero demasiadas veces lo que ofrece es pasado recalentado. Intenta vender gestión, pero el debate deja una sensación difícil de esquivar: si hay que prometer tantas veces lo mismo, quizá el problema no está en la comunicación, sino en el cumplimiento.

Al final, el presidente del día de la marmota no es el que promete mucho. Es el que despierta cada año en el mismo debate, con los mismos problemas, los mismos titulares y la misma confianza en que la Región haya olvidado lo que escuchó la vez anterior. Y puede que durante un tiempo funcione. Pero la memoria, como el calor en las aulas, siempre acaba entrando por alguna rendija.

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