«La liturgia identitaria del 9 de junio que López Miras presenta como éxito no tiene nada de verdad, oculta las carencias reales que sufren a diario las gentes de la Región»

El Día de la Región de Murcia tiene su propio guion, ensayado y cómodo: se izan banderas, se pronuncian discursos, se invoca el agua, se exige financiación y se repite que esta tierra merece más de lo que recibe. Es cierto que la Región arrastra agravios históricos y nadie sensato puede negar que la comunidad necesita tener un discurso común que reclame lo que necesita. Pero una cosa es reivindicar con dignidad y otra muy distinta es usar el agravio externo como pantalla perpetua para no mirar hacia dentro.
El problema no es que el 9 de junio se reivindique. El problema es que se ha convertido en un día sin preguntas. Una jornada donde el poder se siente a gusto y la ciudadanía recibe un relato que mezcla orgullo, identidad y la insinuación de que los males de la Región vienen de fuera. Todo está bien contado. Todo está bien cantado. Pero fuera del acto institucional, la Región real no se parece tanto a ese relato.
Porque mientras el Gobierno regional celebraba este 9 de junio, con discursos sobre diálogo, trasvase y ley de vivienda, la sanidad pública murciana sigue bajo los focos por una investigación que tiene nombre propio: prótesis caducadas y estafa millonaria. Y no es un detalle menor. No se trata de un incidente administrativo ni de una polémica pasajera. Se trata de la confianza de miles de pacientes en el sistema público de salud, de la credibilidad del Servicio Murciano de Salud y de la obligación de un Gobierno de dar explicaciones cuando algo así ocurre en sus competencias.
No hace falta convertir la investigación en un juicio anticipado. La prudencia es obligada. Pero sí hace falta decir algo que el Día de la Región no dijo: que cuando un servicio público esencial queda bajo sospecha, el Gobierno regional no puede refugiarse en el silencio, en el paso del tiempo o en el argumento implícito de que todo funciona razonablemente bien. No funciona razonablemente bien si los pacientes dudan. No funciona razonablemente bien si la ciudadanía percibe que se tapan más cosas de las que se explican. No funciona razonablemente bien si cada nueva crisis sanitaria se gestiona con la misma fórmula: incomodidad contenida, promesa de transparencia futura y, mientras tanto, a esperar que el ruido amaine.
Pero es que la sanidad no es un caso aislado. Es un síntoma. La sanidad, la educación, la vivienda y la desigualdad territorial dibujan un mapa que el Día de la Región prefiere no enseñar.
Mientras en los discursos del 9 de junio se hablaba de futuro, de identidad y de cultura del encuentro, en demasiados centros educativos de la Región de Murcia el curso volverá a terminar con la misma certeza de siempre: que en septiembre volverá el calor, volverán las aulas sin climatizar y volverá el silencio administrativo. Cada año la misma historia. Cada año el mismo anuncio que no termina de llegar. Cada año la misma sensación de que las condiciones materiales del aprendizaje importan menos que otras prioridades.
No es una cuestión menor. El calor en las aulas no es una incomodidad, es un problema de salud, de equidad y de calidad educativa. En una comunidad como la Región de Murcia, especialmente expuesta a temperaturas extremas, la adaptación de los centros escolares debería ser una política de primera línea. Pero no lo es. Y no lo es porque políticamente resulta más rentable hablar de rankings de bilingüismo, de excelencia o de liderazgo autonómico que admitir que hay niños, niñas y adolescentes que pasan parte del curso en condiciones que dificultan el aprendizaje, la concentración y el bienestar básico. Pero el bilingüismo vende bien en un discurso. El calor en las aulas, no tanto.
Esa es la trampa. El Día de la Región se construye sobre una selección cuidadosa de aquello que conviene decir y aquello que conviene callar. Se celebra lo que suena bien y se excluye lo que resulta incómodo. Se habla de financiación, de trasvase, de ley de vivienda y de diálogo. Pero no se habla de prótesis caducadas. No se habla de aulas sin climatizar. No se habla de las listas de espera sanitarias, de la dependencia lenta, de los jóvenes que no pueden emanciparse, de los municipios que se sienten periféricos dentro de su propia comunidad, de los alquileres imposibles ni de la transparencia que desaparece cuando más se necesita.
No es casualidad. Es método. Y ese método tiene un nombre: mirismo
El mirismo no es solo una forma personal de gobernar. Es una forma de construir el relato oficial de la Región de Murcia. Consiste en seleccionar los problemas que sirven para señalar hacia fuera y silenciar los que obligarían a rendir cuentas hacia dentro. Consiste en hablar siempre de lo que Madrid no da y casi nunca de lo que el Gobierno regional no hace. Consiste en envolver la identidad en agravio para que cualquier crítica parezca deslealtad. Es una política del espejo deformado: la Región como víctima, nunca la Región como responsabilidad.
Y el Día de la Región es la liturgia perfecta para ese mirismo: un día de afirmación identitaria donde el Gobierno puede hablar de todo aquello que le exige al Estado sin tener que hablar de todo aquello que le debe a su ciudadanía. El agua y la financiación están ahí, reales, dolorosas, históricamente justas. Pero al lado deberían estar también las prótesis, las aulas, las listas de espera, los alquileres imposibles y las cuentas que no se publican. Y no están. No por olvido. Están excluidas porque el Día de la Región no se diseñó para fiscalizar al Gobierno regional. Se diseñó para celebrarlo.
Ese es el problema de fondo. Celebrar está bien. Toda comunidad necesita reconocerse, valorar lo conseguido y exigir lo que merece. Pero celebrar sin capacidad de autocrítica no es celebración: es propaganda. Y una comunidad que se respeta no debería conformarse con eso.
El Día de la Región debería ser también el día de las preguntas. ¿Por qué después de tantos años de autonomía seguimos sin garantizar que ningún paciente sienta que el sistema le oculta algo? ¿Por qué la climatización de los colegios sigue siendo una aspiración y no una realidad consolidada? ¿Por qué la vivienda se ha convertido en un lujo mientras el Gobierno regional habla más de ley nacional que de políticas propias? ¿Por qué la transparencia aparece cuando conviene y desaparece cuando incomoda? ¿Por qué demasiados municipios sienten que el desarrollo autonómico se ha construido mirando a Murcia ciudad y no al conjunto del territorio?
Si el Día de la Región sirviera para responder esas preguntas, sería un día incómodo para el poder. Sería un día donde los discursos tendrían que convivir con las cuentas pendientes. Un día donde el orgullo no se confundiera con la obediencia. Un día donde celebrar la Región de Murcia significara también exigirle al Gobierno regional que esté a la altura de lo que la ciudadanía necesita.
Pero no. El mirismo ha convertido el 9 de junio en un día seguro. Sin riesgos. Sin sobresaltos. Un día donde se repite lo de siempre y no se pregunta lo importante. Un día donde se habla del agua que nos deben y no del calor que no quitamos. Donde se habla de la financiación que no llega y no de las prótesis que sí llegaron y que ahora están bajo investigación. Donde se habla de la identidad de la Región y no de si esa identidad incluye también a quienes esperan, a quienes no llegan, a quienes tienen calor, a quienes dudan y a quienes sienten que nadie les explica nada.
La Región de Murcia no es Fernando López Miras. No es un discurso del 9 de junio. Es la gente que madruga, que cuida, que estudia, que trabaja, que busca piso, que reclama una cita médica en un plazo prudencial, que soporta el calor en un aula, que confía en la sanidad pública y que merece más verdad y menos liturgia.
Una Región adulta no necesita que le cuenten solo lo bonito. Necesita que le cuenten también lo que no funciona. Y necesita un Día de la Región donde celebrar no sea incompatible con fiscalizar. Porque una tierra que no se mira con honestidad acaba confundiendo la solemnidad con el progreso, la propaganda con la gestión y el orgullo con la obediencia. Y la Región de Murcia merece bastante más que eso. No tenemos nada que celebrar.
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