Yo también soy Maricarmen

Yo también soy Maricarmen

«PP y Vox tendrán que responder por sus votos contra la protección de la vivienda, porque el dolor que han causado merece memoria y consecuencias democráticas«

Canal WhatsApp LasNoticiasRM

Me duele Maricarmen. Me duele hasta ese lugar donde las palabras empiezan a parecer insuficientes y la rabia se mezcla con una tristeza que cuesta ordenar. Me duele pensar en lo poco que pedía y en todo lo que tuvo que soportar para pedirlo. Y me revuelve el estómago recordar que, mientras una mujer anciana peleaba por conservar su hogar, hubo quienes encontraron tiempo, ganas y público para despreciarla.

Maricarmen Abascal murió el 7 de octubre, a los 87 años, en el Hospital Gregorio Marañón. El 23 de septiembre había salido en camilla de la vivienda madrileña en la que había transcurrido casi toda su vida. Según comunicó el Sindicato de Inquilinas, el acuerdo alcanzado para que pudiera regresar llegó demasiado tarde. Murió sin volver a casa. Hay noticias que deberían obligarnos a detenerlo todo antes de continuar hablando como si nada. Esta es una de ellas.

Quería morir allí. Lo recordó Andrea Ropero, que había hablado con ella: su ilusión era despedirse en la misma casa en la que había muerto su madre. Me cuesta imaginar una aspiración más íntima, más sencilla, más alejada de cualquier ambición desmedida. Permanecer en el lugar propio hasta el final. Poder cerrar los ojos sin que la última preocupación sea quién viene a sacarte.

Pienso en lo que significa una casa cuando ya se ha vivido tanto. En la tranquilidad de reconocer los sonidos, de saber dónde está cada cosa, de no tener que aprender otra vez cómo se habita el mundo. A cierta altura de la vida, conservar esas pequeñas certezas debería merecer un cuidado extraordinario. Me avergüenza que tengamos que explicarlo. Me avergüenza todavía más que haya quien escuche esa explicación y pregunte cuánto podría rendir el piso.

Ahora pronunciamos su nombre y hablamos de un símbolo. Pero antes estaba ella, con su cansancio y su voluntad. Una mujer a la que debimos poder proteger sin exigirle que su sufrimiento movilizara a medio país. Qué precio tan insoportable hemos llegado a ponerle a que alguien sea escuchado.

La vergüenza de quienes se ensañaron

Durante estas semanas se publicaron ataques contra su carácter, sus supuestos hábitos y su vida privada. Se la presentó como una aprovechada, se sembraron sospechas sobre su enfermedad y se buscaron testimonios con los que desacreditarla. Ese hostigamiento ha quedado documentado. Mientras unos intentaban que pudiera regresar, otros se aplicaban a construir una explicación que les permitiera contemplar su desahucio sin sentir compasión.

A quienes participaron en aquello quiero dirigirme sin rodeos: ojalá hoy os dé vergüenza. Ojalá volváis a leer vuestros mensajes y os resulte insoportable reconocer vuestra firma. Ojalá recordéis el entusiasmo con el que buscasteis un defecto en una mujer vulnerable para justificar vuestro desprecio. Esa vergüenza os haría más bien que cualquier aplauso recibido entonces. Sería, al menos, el principio de una conciencia.

Maricarmen tenía derecho a la dignidad aunque no os gustara. Aunque no compartiera vuestras ideas. Aunque algún vecino tuviera una queja. Aunque no encajara en ese retrato de víctima impecable que algunos exigen antes de conceder una migaja de humanidad. Qué examen tan obsceno: una anciana teniendo que aprobar ante desconocidos para que la considerasen merecedora de tranquilidad.

Vox llegó a publicar desde su cuenta este mensaje: «Toda España sabe que si en vez de Maricarmen fuera Morocarmen, tendría casa». Conviene recordarlo con exactitud, porque lo escribió un partido que aspira a gobernarnos. Su respuesta pública al sufrimiento de aquella mujer incluyó convertir su nombre en un juego de palabras xenófobo.

Ahí está la profundidad de su patriotismo. Una compatriota estaba pasando por aquello y encontraron la manera de señalar a los inmigrantes. Hasta su nombre les sirvió para enfrentar a personas que necesitan un techo. A mí esa forma de hacer política me produce repugnancia. Utilizar la angustia de una anciana para repartir odio exige una frialdad que ninguna bandera puede disimular.

Isabel Díaz Ayuso también encontró ocasión para el sarcasmo. El 28 de septiembre, durante el Madrid Investment Forum, declaró: «Que me avisen a partir de qué edad dejo de pagar a mis caseros». Me parece de una crueldad obscena convertir la protección de los inquilinos mayores en material para una ironía mientras una anciana recién desahuciada permanece hospitalizada. La presidenta tenía un micrófono, poder y una responsabilidad pública. Eligió ese sarcasmo. Ojalá hoy le pese cada palabra tanto como a otros nos pesa la muerte de Maricarmen.

El Partido Popular tampoco puede esconder su responsabilidad política detrás de las formas. El 2 de octubre, con Maricarmen ya hospitalizada, PP y Vox sumaron sus votos a los de Junts para rechazar los dos decretos de vivienda del Gobierno. Los textos contenían medidas de protección y regulación del alquiler. Conocían su historia. Conocían la movilización que había provocado. Votaron en contra. Esa decisión merece acompañarlos durante toda la campaña.

Para mí, esa votación expresa una crueldad política que resulta todavía más dolorosa por su apariencia rutinaria. Un nombre, un voto, el siguiente diputado. Desde un escaño se puede rechazar una protección y continuar la jornada. Quien espera esa protección tiene que seguir viviendo con el miedo. Esa distancia entre la comodidad de decidir y la angustia de soportar las consecuencias debería perseguir a sus señorías.

Tras conocerse la muerte, Feijóo expresó sus condolencias y escribió: «Ni campaña, ni partidos, ni utilización interesada». También afirmó que ante la muerte corresponde el respeto. Pues bien: el respeto incluye recordar con honestidad las decisiones públicas. El pésame merece ser recibido como tal; jamás puede convertirse en una orden para dejar de preguntar por los votos de quien lo pronuncia.

Señor Feijóo, usted puede expresar dolor y tendrá que responder por su actuación política. Ambas cosas caben en la misma conversación. Quienes defendemos que Maricarmen debió terminar sus días en casa conservamos el derecho a señalar las protecciones que su partido rechazó. Resulta demasiado cómodo pedir que desaparezca la política precisamente cuando toca rendir cuentas por ella.

La responsabilidad que señalo es política y moral: bloquear medidas de protección, alimentar el desprecio hacia quienes reclaman ayuda y pretender después que todo se resuelva con unas palabras solemnes. Me niego a aceptar esa absolución automática. La paz que Maricarmen deseaba merecía mucho más esfuerzo mientras todavía podía disfrutarla.

El 29N debemos llevar su memoria a las urnas

Las elecciones generales del próximo 29 de noviembre nos dan la posibilidad de responder democráticamente. Pedro Sánchez anunció esa convocatoria después del rechazo parlamentario a los decretos de vivienda. Habrá propuestas, debates y propaganda. Yo pido que, entre tanto ruido, conservemos la memoria de lo sucedido y examinemos los votos concretos de quienes soliciten el nuestro.

Que nadie consiga separar la campaña de aquellas decisiones. PP y Vox deberán explicar por qué rechazaron esas medidas cuando el sufrimiento de Maricarmen ya estaba ante los ojos de todos. Deberán explicar qué protección ofrecen a quienes temen perder su casa y por qué tendríamos que confiar en ella. Y nosotros tendremos que decidir cuánto valor concedemos a la dignidad ajena cuando depositamos una papeleta.

Por eso pido que salgamos a votar el 29N. Que demos fuerza a una mayoría progresista capaz de aprobar las protecciones que las derechas bloquearon. Que el cansancio y la tristeza no nos dejen en casa mientras otros deciden cuánto desamparo estamos dispuestos a tolerar. Tenemos una responsabilidad con quienes siguen esperando ayuda, con quienes todavía pueden conservar su hogar.

Quiero que PP y Vox reciban una respuesta democrática contundente. Quiero que descubran que despreciar la vulnerabilidad tiene un coste político. Que sus votos contra la protección de la vivienda pesan más que sus eslóganes. Que hay una ciudadanía capaz de recordar, de indignarse y de actuar sin aceptar que la crueldad termine convertida en costumbre.

Maricarmen quería morirse en paz en su casa. Murió sin regresar, mientras las derechas habían vuelto a cerrar el paso a medidas destinadas a proteger a quienes sufren la crisis de vivienda. Ese es el recuerdo que llevaré al 29N. Con dolor, con rabia y con la voluntad de impedir que se repita. Yo también soy Maricarmen. Y quiero un país en el que ninguna otra mujer tenga que dejarnos su nombre como una herida.

Si has visto algún error en esta noticia o tal vez puedes aportar alguna información extra, puedes contactar directamente con nuestra redacción mandando un email a news@lasnoticiasrm.es o escribiendo un mensaje por Whatsapp en el teléfono 641387053. Estaremos encantados de atenderte.

Puedes subscribirte a nuestro nuevo canal en Telegram, y disponer de todas las noticias importantes de la web en tiempo real.

Recuerda, pincha en t.me/lasnoticiasrm y dale a subscribir al canal en tu aplicación Telegram.

!!Te esperamos en LasNoticiasRM¡¡

Únete a nuestro canal de Telegram

Datos del autor

Artículo anteriorEl PSOE denuncia que el PP incumple los plazos para reparar los contenedores de Murcia