«El paternalismo legal no amplía libertades; las redefine desde fuera»

Coincidió el inicio del Ramadán y la Cuaresma. Musulmanas y católicos, inician semanas de ayuno, disciplina y sentido espiritual. En una España diversa y formalmente laica, la coincidencia debería leerse como una expresión normal de pluralidad: ciudadanos con creencias distintas viviendo convicciones distintas en igualdad.
Sin embargo, estos días el debate público vuelve a girar en torno a otra práctica asociada al islam: la posibilidad de prohibir que las mujeres musulmanas se cubran total o parcialmente en determinados espacios. El contraste es revelador. Mientras el ayuno cristiano forma parte del paisaje cultural y el musulmán se acepta con relativa normalidad, el velo islámico sigue siendo objeto de sospecha política y regulación propuesta.
La cuestión de fondo no es religiosa, sino cívica: ¿hasta qué punto una sociedad laica está dispuesta a aceptar manifestaciones visibles de convicciones que no pertenecen a la tradición mayoritaria?
Desde un punto de vista estrictamente democrático, la respuesta debería ser clara. La libertad religiosa protege prácticas que pueden no compartirse, no comprenderse o incluso no gustar, siempre que no vulneren derechos de terceros. Ayunar, llevar símbolos, cubrirse la cabeza o el cuerpo, participar en ritos o abstenerse de ellos forman parte de la autonomía personal en sociedades libres.
El problema aparece cuando esa autonomía se evalúa de manera desigual según la tradición de origen. La Cuaresma, con sus signos externos y su peso histórico, se percibe como cultura. El Ramadán se percibe como religión. Y el velo se percibe como problema. Esa gradación revela más sobre la sociedad que observa que sobre las prácticas observadas.
El argumento más frecuente contra el velo islámico apela a la igualdad de las mujeres. Y sin duda existen contextos en el mundo donde la imposición del velo es una forma de opresión. Pero la cuestión relevante en una democracia europea no es lo que ocurre bajo regímenes coercitivos, sino qué significa el velo cuando lo lleva una ciudadana con derechos, en un entorno de libertades.
Si una mujer adulta decide cubrirse, por fe, identidad, costumbre o incluso por razones que otros consideren discutibles, la prohibición general no la emancipa: sustituye una posible presión comunitaria por una certeza estatal. El paternalismo legal no amplía libertades; las redefine desde fuera.
La incoherencia aparece cuando se acepta sin conflicto que otra mujer lleve velo en una procesión de Semana Santa, mantilla en un acto religioso católico o cualquier prenda con significado espiritual cristiano, mientras el velo islámico se considera incompatible con el espacio público. No se está defendiendo la neutralidad; se está jerarquizando tradiciones.
El laicismo no consiste en prohibir símbolos religiosos, sino en no privilegiar ninguno. El espacio público democrático no es un espacio sin convicciones visibles, sino un espacio donde todas pueden mostrarse en igualdad de condiciones. La no confesión del Estado a que se refiere nuestra Constitución, significa imparcialidad, neutralidad de sus instituciones y autoridades públicas, no de la ciudadanía.
En ese marco, la coincidencia de Ramadán y la Cuaresma adquiere un significado más amplio. Ambas prácticas recuerdan que las personas organizan su vida también en torno a creencias. El ayuno altera horarios, comidas y sociabilidad; el velo altera apariencia y códigos visuales. Son formas distintas de expresar pertenencia y sentido. Y ambas pertenecen al mismo ámbito: la libertad personal.
El debate sobre el velo suele plantearse como choque cultural. En realidad es una prueba de coherencia democrática. Si una sociedad acepta sin problema los signos de la religión mayoritaria pero discute los de la minoritaria, la igualdad es incompleta. No porque todas las prácticas sean iguales en significado, sino porque todas las personas lo son en derechos.
Prohibir de forma general que una mujer se cubra no reduce el peso de la religión en la sociedad; decide cuál religión puede ser visible y cuál debe ser discreta. Y eso contradice el principio laico que dice defender.
Por eso, mientras hay gente que ayuna estos días por convicciones distintas, el debate sobre el velo recuerda algo esencial: la libertad religiosa no se mide por la comodidad que produce lo familiar, sino por la protección que recibe lo diferente.
En democracia, ninguna fe debería pesar más que otra. Y ninguna mujer debería ser menos libre por cómo decide vestirse.
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