«La precariedad, los cuidados, el acoso y la brecha laboral siguen marcando la vida de muchas mujeres en la Región de Murcia«

He pensado mucho en Sonia estos días. En cómo se levanta antes de que amanezca, en cómo calcula el precio de cada gesto cotidiano, en cómo ha aprendido a pedir perdón por llegar cinco minutos tarde, por no poder quedarse una hora más, por tener una hija con fiebre, por existir fuera de la disponibilidad permanente que exigen tantos trabajos precarios. He pensado en ella porque en la Región de Murcia hay demasiadas Sonias. Mujeres que encadenan empleos mal pagados, jornadas parciales que en realidad nunca lo son, salarios que no alcanzan y una culpa constante que no les pertenece, pero que cargan como si fuera otra tarea doméstica más.
También he pensado en Fátima. En ese uniforme que se pone antes de salir de casa, en los contratos que cambian de empresa pero nunca de injusticia, en ese supervisor que no necesita cruzar ninguna línea escandalosa para dejar claro que el poder también se ejerce con una mirada, con una cercanía invasiva, con la certeza de que quien necesita el sueldo tendrá más difícil denunciar. Y he pensado en ella porque también hay demasiadas Fátimas en esta tierra. Mujeres limpiando oficinas, hoteles, portales, colegios o residencias mientras el discurso oficial les agradece su esfuerzo al mismo tiempo que les niega estabilidad, horarios dignos y protección real.
Luego está Lucía. Tiene diecisiete años y ya conoce el precio social de decirse feminista en voz alta. Ya sabe lo que es que se rían, que la llamen exagerada, que conviertan sus convicciones en un chiste de pasillo o en una diana en redes sociales. Ya ha aprendido que el machismo no es solo un problema del pasado, ni una reliquia que sobreviva en conversaciones de otra generación. Está aquí, latiendo entre adolescentes que han convertido el desprecio en performance y la humillación en entretenimiento. Lucía no necesita leer informes para saber que algo se está pudriendo cuando defender la igualdad vuelve a ser motivo de burla en las aulas. Le basta con sentarse en clase y escuchar.
Y no dejo de acordarme de Elena. Porque la palabra cuidados se ha puesto muy de moda en los discursos, pero sigue descansando, en demasiados casos, sobre espaldas de mujeres agotadas. Elena cuida en su trabajo y cuida en su casa. Cuida cobrando y cuida gratis. Cuida a personas dependientes en una residencia y después vuelve a casa para seguir cuidando a un padre enfermo, gestionando horarios, citas, medicación, miedos y olvidos. A eso lo llamamos amor, responsabilidad o compromiso familiar, y claro que lo es. Pero también es una forma de desigualdad estructural cuando el peso recae casi siempre en las mismas. Cuando el sistema da por hecho que habrá una mujer disponible para sostener lo que las administraciones no cubren, lo que los hombres no asumen en la misma proporción y lo que la sociedad romantiza para no tener que pagarlo, organizarlo o repartirlo.
Nuria, por su parte, representa otro fraude más pulcro, más elegante, más fácil de camuflar. Ella trabaja en una oficina, lleva proyectos, resuelve problemas, forma a compañeros, se queda más tiempo del que le corresponde y cumple. Siempre cumple. Pero cuando toca ascender, mejorar condiciones o reconocer de verdad ese esfuerzo, aparece el techo. No siempre con un portazo. A veces con una sonrisa profesional, con una excusa amable, con esa frase tibia que tantas mujeres conocen: “quizá ahora no es tu momento”. Y de pronto resulta que los hombres con trayectorias similares avanzan antes, cobran más o reciben más confianza. Y cuando una mujer pide adaptar horarios para cuidar a un hijo, parece que su currículo entero se contamina. Como si la maternidad revelara una supuesta falta de ambición que nunca se presupone en los hombres.
La trampa de convertir la desigualdad en problemas individuales
Lo más perverso de todo esto es que durante años se ha intentado presentar cada una de estas historias como un asunto particular, casi privado. La mala suerte de Sonia. El mal ambiente laboral de Fátima. La susceptibilidad de Lucía. La sobrecarga familiar de Elena. El estancamiento profesional de Nuria. Casos aislados, circunstancias sueltas, pequeñas desgracias sin conexión. Y así es como una estructura de desigualdad consigue sobrevivir: fragmentando el problema hasta volverlo invisible.
Porque cuando una cajera cobra poco y no puede conciliar, parece un problema de organización personal. Cuando una limpiadora soporta insinuaciones o abuso de poder, parece un conflicto laboral menor. Cuando una estudiante feminista recibe burlas, parece una simple riña adolescente. Cuando una cuidadora no da abasto, parece una cuestión doméstica. Cuando una profesional preparada ve frenada su carrera, parece una decisión interna de empresa. Pero no. No estamos ante un puñado de episodios inconexos. Estamos ante el mismo sistema expresándose con lenguajes distintos.
Ese sistema dice que el tiempo de las mujeres vale menos. Que sus salarios pueden seguir siendo más bajos o más inestables. Que sus cuerpos siguen estando más expuestos al control, al miedo o a la invasión. Que su voz pública molesta más cuando cuestiona el orden establecido. Que sus cuidados son infinitos y gratuitos. Que su carrera profesional siempre estará bajo sospecha si hay hijos, dependientes o vida fuera del trabajo. Que su cansancio es natural. Que su sobreesfuerzo no merece reparación, sino costumbre.
Por eso me irrita tanto cada vez que alguien pregunta si el 8M sigue siendo necesario. Lo preguntan como si la igualdad fuera ya una pantalla superada, como si todo se redujera a una batalla cultural exagerada por unas pocas militantes empeñadas en molestar. Lo preguntan desde la comodidad de no tener que pensar quién pide reducción de jornada, quién abandona antes una carrera, quién traga en el trabajo por miedo a perderlo, quién adapta su vida entera a los horarios de los demás, quién vuelve a casa con llaves entre los dedos, quién tiene que demostrar dos veces lo que otros acreditan una sola vez.
La Región de Murcia también tiene rostro de mujer agotada
En la Región de Murcia, además, esta realidad tiene una traducción muy concreta. Aquí la precariedad no es una abstracción. Se toca en la hostelería, en el comercio, en la limpieza, en los cuidados, en el empleo agrario, en las residencias, en tantas capas del mercado laboral donde las mujeres siguen soportando peores condiciones, más temporalidad y menos margen para negociar. Aquí la conciliación tampoco es una palabra neutra: suele significar que una mujer corre más, duerme menos y se organiza mejor para que todo siga funcionando.
Y aquí también se nota, cada vez con más claridad, el intento de banalizar el feminismo, de presentarlo como una obsesión ideológica en lugar de como una respuesta social a injusticias muy materiales. Lo vemos cuando se ridiculizan las reivindicaciones, cuando se caricaturiza a las jóvenes feministas, cuando se minimiza la violencia machista, cuando se presenta la igualdad como una amenaza o un privilegio en vez de como una exigencia democrática elemental.
Se nos dice que ya está todo conseguido mientras las mujeres siguen cobrando menos en demasiados sectores. Se nos dice que ya no hay discriminación mientras las tareas de cuidados siguen teniendo nombre femenino. Se nos dice que el machismo es cosa de cuatro bárbaros mientras miles de mujeres siguen modulando su ropa, sus horarios, sus trayectos y su manera de hablar para evitar conflictos, represalias o agresiones. Se nos dice que el feminismo exagera justo cuando el feminismo molesta porque nombra lo que otros prefieren seguir llamando normalidad.
El 8M no va de símbolos vacíos, va de vidas concretas
A mí el 8M no me interesa como liturgia hueca ni como jornada de consignas sin consecuencias. Me interesa precisamente por Sonia, por Fátima, por Lucía, por Elena y por Nuria. Me interesa porque detrás de cada pancarta hay una logística de supervivencia. Porque quienes salen a la calle no lo hacen desde una teoría abstracta, sino desde el cansancio acumulado, desde los contratos basura, desde las carreras frenadas, desde los miedos íntimos, desde la certeza de que si no se protesta, otros decidirán que todo está bien.
El 8M sirve para romper una mentira muy útil para el poder: la de que cada mujer está sola con su problema. Cuando las mujeres se juntan, descubren que aquello que creían individual tiene patrón, tiene repetición, tiene raíz política. Descubren que no son débiles por no llegar a todo, sino que les han hecho creer que debían llegar solas. Descubren que no están exagerando, sino nombrando una injusticia. Descubren que lo que les pasa no es una anécdota, sino un reparto desigual del tiempo, del dinero, del prestigio, de la seguridad y del derecho a vivir con dignidad.
Y sí, seguro que las historias de Sonia, Fátima, Lucía, Elena y Nuria te resultan familiares. Seguro que has conocido a alguna mujer que se parece a ellas, aunque se llame de otra manera. Seguro que en tu familia, en tu trabajo, en tu barrio o en tu grupo de amigas hay una Sonia corriendo para llegar a todo, una Fátima soportando lo insoportable para no perder el empleo, una Lucía cansada de que se rían de sus derechos, una Elena sosteniendo cuidados que deberían estar repartidos y una Nuria viendo cómo el talento no siempre basta cuando una es mujer.
Porque ahí está la clave final: estas mujeres no existen y, al mismo tiempo, existen todas. Son inventadas, sí. Pero sus vidas no lo son. Sus conflictos no lo son. Sus heridas no lo son. Su cansancio no lo es. Son personajes construidos con retales de una realidad demasiado presente en la Región de Murcia y en toda España. Por ellas, por las reales, por las que no salen en ninguna tribuna, por las que aguantan, por las que denuncian, por las que se organizan, por las que aún no pueden hacerlo y por las que ya no están, yo reivindico el 8M.
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