¡Fuego!

¡Fuego!

«Cuando arde la realidad, el Gobierno regional siempre llega con el camión de las excusas«

Canal WhatsApp LasNoticiasRM

Hay una palabra que resume bastante bien la política de emergencias de Fernando López Miras: humo. Humo institucional, humo parlamentario, humo de rueda de prensa y humo de promesa reciclada. Humo por todas partes. Y, mientras tanto, cuando toca apagar el fuego de verdad, ahí aparecen los bomberos del CEIS, con plantillas tensionadas, denuncias de falta de medios, vehículos envejecidos y una paciencia que ya no se parece a la profesionalidad, sino al heroísmo forzoso que exige la incompetencia ajena.

Porque esa es la genialidad del modelo murciano: convertir la precariedad en costumbre y luego pedir aplausos porque el sistema no ha colapsado del todo. A estas alturas, el Gobierno regional parece haber asumido que mientras los bomberos sigan entrando en los incendios y la ciudadanía siga salvándose por los pelos, todo va razonablemente bien. La vara de medir ya no es si el servicio está bien dotado, planificado y protegido, sino si el desastre absoluto puede aplazarse unas semanas más. Y así vamos, administrando la emergencia como quien va poniendo cubos bajo una gotera: con gesto serio, pose institucional y ninguna intención real de arreglar el tejado.

El episodio de Águilas debería haber bastado para que alguien en San Esteban sintiera, aunque fuera por un instante, la incómoda punzada de la vergüenza. Un incendio, un rescate, una plataforma privada que acaba convertida en símbolo de lo que no debía ocurrir nunca. Y entonces llegó el PSOE regional a decir lo que mucha gente ya había entendido sin necesidad de nota de prensa: que allí se salvaron vidas por casualidad. Carmina Fernández lo formuló así de claro, y duele precisamente porque suena demasiado verosímil. Cuando la seguridad pública empieza a depender de la casualidad, ya no estamos hablando de un fallo puntual. Estamos hablando de una forma de gobernar.

Pero en la Región de Murcia llevamos años perfeccionando un arte muy nuestro: prometer refuerzos futuros para justificar carencias presentes. Siempre hay algo en camino. Siempre hay plazas que se van a convocar, vehículos que se van a adquirir, mesas de negociación que se van a reunir, planes que están “en marcha” y reformas que “muy pronto” darán resultados. El futuro, en la propaganda de López Miras, funciona como una nave logística de Ikea: allí dentro parece que está todo. El problema es que luego uno abre la puerta del parque de bomberos y se encuentra con la realidad. Y la realidad, por lo visto, no lee las notas del Gobierno regional.

El consejero Marcos Ortuño anunció en febrero la incorporación de 85 nuevos profesionales y 12 vehículos, en una de esas comparecencias diseñadas para transmitir la sensación de que todo está controlado y que aquí el único problema es que la oposición exagera. Antes ya se había informado de nuevas plazas en la oferta pública y de compras de camiones. Sobre el papel, el Ejecutivo regional parece dirigir una potencia centroeuropea especializada en emergencias. Sobre el terreno, sin embargo, los representantes de los bomberos han llegado a declarar a Ortuño “interlocutor no válido”, y eso no suele pasar cuando las cosas van tan bien como las cuentan desde el atril.

La ironía es que el Gobierno ya no discute tanto los problemas como el derecho de los demás a nombrarlos. No estamos, dicen, ante un colapso, sino ante una campaña de alarmismo. Ahí está el truco semántico favorito del poder: si la realidad molesta, se desacredita al mensajero. Si los bomberos denuncian precariedad, hay que hablar de ruido político. Si el PSOE exige responsabilidades, entonces la culpa es de la oposición por crear inquietud. Si un parque se cae a pedazos, no es abandono: es un relato interesado. Y así, entre comillas y argumentarios, la Región de Murcia ha conseguido una proeza administrativa: tener una crisis de bomberos sin reconocer del todo que existe una crisis de bomberos.

Lo más sangrante de este asunto es que aquí nadie está pidiendo lujos. Nadie reclama parques de bomberos con moqueta persa, sillones de diseño escandinavo y cafeteras italianas de alta gama. Se está hablando de botas, de mascarillas, de vehículos operativos, de plantillas suficientes, de acuerdos laborales bloqueados desde hace años y de una estructura pública que responda sin tener que encomendarse a la suerte. Fernando Moreno, del PSOE, resumió la denuncia de forma demoledora tras reunirse con bomberos del parque de Águilas: materiales de seguridad caducados, carencias básicas y camiones más viejos que quienes los conducen. Cuesta imaginar una metáfora más precisa del modelo López Miras: un poder joven posando junto a una maquinaria institucional agotada.

¡Fuego!

Y, por supuesto, llega siempre el momento de la gran ofensa política: la exigencia de gratitud. Porque esa es otra constante del lopezmirismo. Si convocan plazas, hay que agradecerlo. Si compran camiones, hay que felicitarles. Si mantienen el servicio respirando con asistencia mecánica, ya casi habría que ponerles una estatua en la glorieta. Lo extraordinario en cualquier gobierno serio aquí se vende como si fuera un regalo personal del presidente. “Estamos reforzando como nunca”, repiten desde el PP. Y uno se pregunta: si esto es reforzar como nunca, ¿cómo sería abandonar con entusiasmo?

Tal vez el problema de fondo sea ese: que en la Región de Murcia la política del PP ha conseguido rebajar tanto las expectativas que cualquier reparación parcial parece una epopeya. Si el servicio arrastra déficits, si los acuerdos se incumplen, si la plantilla protesta, si varios parques denuncian problemas y si la oposición lleva la cuestión a la Asamblea Regional, lo razonable sería asumir el conflicto y resolverlo. Aquí no. Aquí se opta por la liturgia del parche: una comparecencia, un titular, una cifra lanzada a la prensa y una invitación a que todos dejemos de mirar. Como si gobernar fuera exactamente eso: gestionar el cansancio ajeno hasta que la gente deje de insistir.

Carmina Fernández ha insistido en las últimas semanas en que la situación del CEIS es crítica y en que el Gobierno regional está fallando en algo elemental: proteger a la gente. Un presidente autonómico puede equivocarse en una política turística, puede patinar en un anuncio fiscal o incluso puede improvisar en una inauguración. Pero con los bomberos no se juega a eso. Con un servicio de emergencias no cabe el marketing hueco, porque cuando suenan las sirenas ya no comparece el community manager del Gobierno, ni la foto institucional, ni el argumentario del día: comparecen personas jugándose la vida. Y esas personas llevan tiempo diciendo que así no se puede seguir.

Hay algo particularmente obsceno en la distancia entre el lenguaje oficial y el lenguaje de la calle. Mientras los bomberos hablan de abandono, averías, cansancio, incumplimientos y falta de interlocución, el Gobierno responde con un catálogo de actuaciones en gerundio: incorporando, adquiriendo, negociando, estudiando, reforzando. Siempre en proceso, nunca del todo. Siempre avanzando hacia un lugar que no termina de llegar. Es la administración del “ya casi”, esa ideología murciana según la cual el problema no se resuelve, simplemente se comunica mejor.

Y sin embargo, el fuego no entiende de gerundios. El fuego no espera a la siguiente mesa de negociación. El fuego no suspende su avance hasta que se publique la oferta de empleo público en el BORM. El fuego no atiende al calendario de adjudicación de vehículos especiales. El fuego llega, arrasa y obliga a responder con lo que haya. Esa es la parte que parece no comprender del todo el Gobierno regional: que la política de emergencias no se evalúa por lo que promete, sino por lo que tiene disponible cuando todo falla a la vez. Y ahí es donde el relato se quema solo.

Tampoco ayuda que el conflicto se haya extendido territorialmente. No estamos ante una queja aislada de un parque malhumorado ni ante una rebelión puntual motivada por una nómina. Han aparecido denuncias y protestas en varios puntos de la Región, desde Águilas hasta Yecla o Los Alcázares, con alcaldes, representantes sindicales y trabajadores poniendo voz a una misma sensación: que el sistema lleva demasiado tiempo funcionando al límite. Cuando una alarma se enciende en tantos sitios a la vez, seguir hablando de exageración es como intentar apagar un incendio soplando.

Claro que también hay que reconocerle una coherencia al Gobierno de López Miras: en esto de incumplir sin sonrojo ya tiene una marca de estilo. Se promete una cosa, se demora otra, se presenta una tercera y luego se culpa al clima político, a la oposición o a la complejidad técnica. En el CEIS, como en tantos otros ámbitos de la vida pública regional, el problema no es solo la escasez material. Es la cultura política del aplazamiento permanente. La sensación de que nada termina de resolverse porque casi todo se gobierna a golpe de titular, no de estructura. De efecto, no de fondo. De comparecencia, no de responsabilidad.

A estas alturas, el artículo podría acabar con una llamada solemne a la rectificación, al consenso y a la defensa de los servicios públicos esenciales. Pero sería un final demasiado elegante para una gestión tan mediocre. La verdad es más simple y más incómoda: si los bomberos del CEIS han tenido que salir a decir que no pueden garantizar la seguridad como deberían, si el PSOE ha convertido el asunto en un frente político de primer nivel y si la ciudadanía empieza a entender que detrás de cada gran anuncio puede no haber nada más que cartón piedra, entonces el problema ya no es solo del Consorcio. El problema es del presidente.

Porque Fernando López Miras podrá seguir haciendo lo que mejor sabe: prometer refuerzos, anunciar inversiones, posar serio y pedir confianza. Podrá seguir vendiendo futuro mientras el presente cruje. Podrá seguir llamando alarmismo a lo que otros llaman hechos. Pero hay una imagen que se le va a quedar pegada como una segunda piel: la de un Gobierno al que le avisaron una y otra vez de que el servicio estaba al límite y respondió con propaganda, lentitud y autosatisfacción.

Y eso, en política, también tiene nombre. Se llama pirómano institucional. No porque prenda la cerilla, sino porque cuando ve el humo decide que lo urgente no es apagar el incendio, sino discutir quién lo ha olido primero.

Si has visto algún error en esta noticia o tal vez puedes aportar alguna información extra, puedes contactar directamente con nuestra redacción mandando un email a news@lasnoticiasrm.es o escribiendo un mensaje por Whatsapp en el teléfono 641387053. Estaremos encantados de atenderte.

Puedes subscribirte a nuestro nuevo canal en Telegram, y disponer de todas las noticias importantes de la web en tiempo real.

Recuerda, pincha en t.me/lasnoticiasrm y dale a subscribir al canal en tu aplicación Telegram.

!!Te esperamos en LasNoticiasRM¡¡

Únete a nuestro canal de Telegram

Datos del autor

Artículo anteriorLa Cámara de Comercio de Murcia respalda #PowerUS y prepara una jornada previa
Artículo siguienteFSIE reclama más recursos y estabilidad para una inclusión real del alumnado con autismo