La Semana de la Memoria Democrática recordó a las víctimas cartageneras del Holocausto y abrió en la UNED la exposición ‘Color y Memoria’

Cartagena ha vivido una Semana de la Memoria Democrática marcada por el homenaje a los 57 cartageneros deportados a campos de concentración nazis, una cifra que podría ser superior y que permite recuperar del olvido a vecinos que formaron parte de los cerca de 10.000 españoles enviados al horror del sistema concentracionario nazi. Según el texto del cronista oficial de Cartagena, José Sánchez Conesa, de esos 57 cartageneros identificados hasta ahora, 34 fallecieron, 22 fueron liberados y uno consiguió evadirse.
El homenaje se celebró coincidiendo con el 81 aniversario de la liberación del campo de concentración de Mauthausen, ocurrida el 5 de mayo de 1945. La Asociación Memoria Histórica de Cartagena convocó una concentración junto al monumento que recuerda a los deportados cartageneros, situado en la confluencia de las calles Carlos III y Ronda, detrás del IES Jiménez de la Espada. Allí se puso voz, música y explicación histórica a una memoria que durante décadas permaneció silenciada o relegada a un segundo plano en el relato público.
La jornada sirvió también para recordar que el Holocausto no afectó únicamente al pueblo judío, aunque este fuera su principal víctima. También fueron perseguidos y asesinados cristianos, personas de otras confesiones, agnósticos, militantes de izquierdas, demócratas, homosexuales, gitanos, negros, españoles y ciudadanos de muchas otras nacionalidades. Entre ellos estuvieron esos cartageneros que, tras la Guerra Civil y el exilio, acabaron atrapados en la maquinaria de deportación y exterminio del nazismo.
Uno de los autores del mural conmemorativo, perteneciente al grupo Carrocero, explicó durante el acto el significado de la obra urbana que recuerda aquella tragedia. En ella aparecen una fila de deportados, una alambrada, los trenes en los que llegaban las víctimas, el humo de las locomotoras y la conocida “escalera de la muerte”, símbolo del sufrimiento extremo en Mauthausen. La música acompañó el homenaje con la viola de Marina Callejón Cerdá.
La memoria de los cartageneros deportados a Mauthausen
El recuerdo de los 57 cartageneros deportados tiene una dimensión histórica y democrática evidente. No se trata solo de enumerar nombres o cifras, sino de devolver identidad a personas que fueron expulsadas de su tierra, derrotadas por el franquismo, abandonadas en el exilio y finalmente víctimas del terror nazi. Durante demasiado tiempo, muchos de esos españoles quedaron en una zona oscura de la memoria europea: no siempre reconocidos como víctimas del Holocausto, no siempre incorporados al relato oficial de la democracia española y, en demasiados casos, apenas recordados por sus propias ciudades.
La cifra conocida en Cartagena procede del trabajo de investigadores, historiadores, periodistas y asociaciones de memoria histórica. El propio texto de Sánchez Conesa advierte de que pudieron ser más, pero que hasta ahora se conocen esos 57 nombres. Ese matiz resulta importante porque la memoria democrática sigue siendo, en muchos casos, una tarea abierta: localizar expedientes, reconstruir biografías, revisar archivos, escuchar a las familias y recuperar historias que no siempre dejaron rastro documental suficiente.
Mauthausen fue uno de los campos donde acabaron miles de republicanos españoles. Muchos fueron considerados apátridas por el régimen franquista y quedaron sin protección del Estado español. La deportación no fue, por tanto, un accidente histórico aislado, sino la consecuencia de una cadena de violencia política que empezó con la represión, siguió con el exilio y terminó en los campos nazis para miles de compatriotas.
La concentración de Cartagena permitió poner en el centro esa historia local. La memoria democrática no es una abstracción ni una materia reservada a libros especializados. También está en una calle, en un mural, en un apellido, en una familia, en un instituto cercano, en un monumento urbano por el que muchos vecinos pasan a diario sin conocer del todo lo que representa.
Recordar a esos 57 cartageneros es también recordar que la democracia no se sostiene solo con instituciones, sino con una cultura pública capaz de mirar de frente la violencia política, la persecución y la deshumanización. La memoria no busca instalarse en el pasado, sino impedir que el olvido convierta la barbarie en una página borrosa.
‘Color y Memoria’, el retrato como reparación
La Semana de la Memoria también incluyó la inauguración en la UNED de Cartagena de la exposición ‘Color y Memoria, el Retrato como dignificación’, organizada por la Asociación Memoria Histórica de Cartagena y la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia. La muestra podrá visitarse hasta el 12 de junio y reúne 29 retratos al óleo en color de personas represaliadas por el franquismo, concebidos como una forma de devolver presencia, dignidad y contemporaneidad a sus vidas.
Los organizadores explicaron que el retrato tradicionalmente ha servido para dignificar a reyes, nobles, jerarcas eclesiásticos y clases pudientes. En esta exposición, sin embargo, ese mismo lenguaje artístico se pone al servicio de personas represaliadas por el franquismo. La pintura se convierte así en una herramienta de reparación simbólica: quienes fueron perseguidos, silenciados o expulsados del relato público son devueltos al espacio común con rostro, color y nombre.
La presidenta de la Asociación Memoria Histórica de Cartagena, Cari Rubio Martínez, defendió durante la inauguración que un pueblo que olvida su historia corre el riesgo de repetirla. Según recogió Sánchez Conesa, Rubio reivindicó que la memoria no debe entenderse como una carga, sino como una herramienta para construir un futuro más justo. Recordar, señaló, no significa abrir heridas, sino evitar que se cierren en falso; significa mirar de frente los errores, las injusticias y las violencias que marcaron a generaciones para aprender de ellas.
La exposición incluye, entre otros, el retrato de Enrique Piñana, maestro y poeta represaliado, cuya historia fue recordada por la profesora Belén Piñana, su nieta. Junto a él aparecen hombres y mujeres que fueron obreros afiliados a organizaciones de izquierdas, militares, alcaldes y concejales. La muestra no pretende reducirlos a su condición de víctimas, sino reconocerlos como personas con biografía, compromiso, pensamiento, afectos y lugar propio en la historia de la Región de Murcia.
El proyecto tiene su origen en el trabajo del investigador de la memoria Vicente Juan Medrano Salamanca, autor del libro ‘Consejos de guerra a mujeres. Condenadas en la Región de Murcia (1939-1944)’, editado en 2021, y en la labor de Bernardo Sánchez Muñoz, miembro de la Federación de Asociaciones de Memoria Histórica de la Región de Murcia. La idea artística fue impulsada por el cartagenero Alfonso Martínez López y desarrollada junto a José Rosique Belmonte, ambos licenciados en Bellas Artes y profesores de Secundaria.
Pensamiento crítico frente al olvido
Durante la inauguración, José Rosique habló de una sociedad afectada por una “anemia crítica de memoria” y advirtió de los riesgos de preferir la comodidad de la mentira frente a la aspereza del dato. Su intervención situó la memoria democrática no como un ejercicio académico frío, sino como una cuestión de supervivencia cívica. El acto se cerró con la interpretación musical de Eva Atienza Gisbert al chelo.
El texto de Sánchez Conesa también recuerda la reflexión del historiador Julio Aróstegui sobre las distintas generaciones de memoria: la de quienes vivieron la guerra, marcada por la confrontación o la exaltación; la de los hijos, vinculada al olvido o la reconciliación; y la de los nietos, centrada en la reparación o la restitución. En el caso de los bisnietos, el reto sería la falta de información y conocimiento, una carencia que solo puede superarse fomentando el pensamiento crítico.
Esa dimensión educativa aparece reflejada en el trabajo de alumnos del IES Isaac Peral, que se aproximan a la memoria mediante fuentes del Archivo Municipal y expedientes de personas depuradas tras la guerra. El objetivo es interrogar los documentos, acercarse a la verdad histórica y colocar los derechos humanos en el centro del aprendizaje. Esa forma de enseñar memoria resulta especialmente importante en un tiempo atravesado por la desinformación, los bulos interesados y la banalización de la violencia política.
La Semana de la Memoria Democrática en Cartagena ha unido homenaje, arte, música, investigación y educación. Ha recordado a los cartageneros deportados a los campos nazis y ha dignificado, mediante el retrato, a personas represaliadas por el franquismo. Dos ejercicios distintos, pero conectados por una misma convicción: la democracia necesita memoria para no convertirse en una palabra vacía.
Cartagena ha mirado estos días hacia una parte dolorosa de su historia, no para quedar atrapada en ella, sino para reconocer a quienes fueron borrados, asesinados, deportados, encarcelados o silenciados. Los nombres de los 57 cartageneros enviados a campos nazis y los rostros de los represaliados que hoy cuelgan en la UNED recuerdan que la dignidad no desaparece porque un régimen intente sepultarla. Permanece mientras haya quien la nombre, quien la pinte, quien la investigue y quien se niegue a aceptar que el olvido sea el precio de la comodidad.
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