El mirismo sin llaves

El mirismo sin llaves

«López Miras vuelve a recibir millones de Pedro Sánchez para vivienda mientras miles de jóvenes murcianos siguen sin poder emanciparse«

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La vivienda se ha convertido en uno de los retratos más precisos del mirismo, esa forma de gobernar instalada en la Región de Murcia que combina anuncios grandilocuentes, confrontación permanente con el Gobierno de España y una preocupante dificultad para convertir los recursos públicos en soluciones reales. No es solo una cuestión de gestión administrativa. Es una manera de entender el poder: mucho relato, poca rendición de cuentas y una tendencia casi automática a buscar culpables fuera cuando los problemas se enquistan dentro.

El caso de la vivienda resulta especialmente grave porque afecta al núcleo de la vida cotidiana. No hablamos de una competencia abstracta ni de un debate técnico reservado a despachos. Hablamos de jóvenes que no pueden emanciparse, de familias que destinan una parte insoportable de sus ingresos al alquiler, de parejas que aplazan proyectos vitales, de trabajadores que aun teniendo nómina no encuentran una casa asumible y de una generación que empieza a sentir que la vida adulta le ha sido prometida, pero no entregada.

En la Región de Murcia, independizarse se ha convertido para demasiadas personas en una carrera de obstáculos. Comprar una vivienda queda fuera del alcance de salarios normales y alquilar exige cada vez más renuncias. El problema no es nuevo, pero sí se ha agravado bajo la mirada de un Gobierno regional que lleva años presentando planes, culpando a otros y prometiendo soluciones que no terminan de llegar a quienes más las necesitan. Ahí es donde el mirismo se muestra con toda claridad: cuando hay que posar, siempre aparece; cuando hay que ejecutar, todo se vuelve lento, confuso o insuficiente.

Más de 240 millones recibidos y demasiadas preguntas sin responder

Esta semana se ha conocido que la Región de Murcia ha recibido más de 240 millones de euros entre 2018 y 2025 procedentes de planes estatales, fondos europeos, programas de rehabilitación, ayudas al alquiler y actuaciones destinadas a ampliar el parque público de vivienda. La cifra, por sí sola, debería obligar al Gobierno de Fernando López Miras a una explicación detallada, transparente y verificable. Porque si una comunidad autónoma recibe durante años fondos millonarios para vivienda y el problema sigue desbordando a miles de familias, la pregunta no puede despacharse con una frase de trámite.

¿Dónde están las viviendas? ¿Cuántas se han construido? ¿Cuántas se han rehabilitado? ¿Cuántos jóvenes han cobrado realmente las ayudas? ¿Qué proyectos se han ejecutado dentro de plazo? ¿Qué fondos están comprometidos, cuáles siguen pendientes y cuáles corren riesgo de perderse? Estas preguntas no pertenecen solo a la oposición. Son preguntas legítimas de cualquier ciudadano que paga impuestos y que ve cómo el acceso a una vivienda digna continúa siendo una de las mayores angustias sociales de la Región de Murcia.

El Gobierno regional no puede limitarse a repetir que el problema es complejo. Lo es, sin duda, pero precisamente por eso exige una administración competente, ágil y capaz de coordinar recursos. La vivienda pública no se construye con titulares. Las ayudas al alquiler no sirven si llegan tarde o si se resuelven cuando el daño ya está hecho. Los fondos europeos no transforman barrios si se quedan atrapados en expedientes eternos. Y los planes estatales no tienen impacto real si la comunidad autónoma que debe ejecutarlos convierte cada convocatoria en otro laberinto administrativo.

Lo más preocupante es que, mientras se conocen cifras millonarias, la experiencia cotidiana de la ciudadanía va en dirección contraria. Los alquileres no han dejado de tensionarse, el parque público sigue siendo insuficiente y la emancipación juvenil continúa bloqueada. El contraste entre el dinero recibido y la falta de resultados visibles es lo que convierte este asunto en algo más que una discrepancia política: lo transforma en una cuestión de responsabilidad pública.

Los 308 millones del nuevo Plan Estatal ponen a prueba a López Miras

A los más de 240 millones ya recibidos se suma ahora una nueva oportunidad. El Gobierno de España ha aprobado esta semana un nuevo Plan Estatal de Vivienda que prevé destinar 308 millones de euros adicionales a la Región de Murcia. El objetivo es ampliar la oferta de vivienda pública, rehabilitar inmuebles vacíos, impulsar el alquiler asequible y apoyar a los colectivos y territorios con mayores dificultades. Es una cantidad muy relevante para una comunidad donde el acceso a la vivienda se ha convertido en un problema estructural y donde la falta de parque público limita cualquier capacidad real de intervención sobre los precios.

Este nuevo plan coloca a López Miras ante una prueba política difícil de esquivar. Ya no basta con decir que faltan recursos. Ya no basta con acusar al Gobierno central de abandono. Ya no basta con convertir cada decisión de Pedro Sánchez en un motivo de confrontación si, al mismo tiempo, la Región recibe cientos de millones que después deben traducirse en viviendas, alquileres accesibles y rehabilitación urbana. La política regional no puede funcionar como una ventanilla que acepta el dinero y rechaza la responsabilidad.

El mirismo ha construido buena parte de su discurso sobre la queja permanente hacia Madrid, pero la vivienda desmonta ese relato con una evidencia incómoda: el dinero ha llegado y vuelve a llegar. La cuestión es qué se hace con él. Si estos 308 millones se gestionan con ambición, pueden empezar a corregir años de retrasos. Si se vuelven a perder en trámites, anuncios cruzados y ejecución deficiente, quedará confirmado que el problema no era la falta de fondos, sino la falta de capacidad para convertirlos en políticas efectivas.

La Región de Murcia necesita que este dinero sirva para aumentar de verdad el parque público, para movilizar vivienda vacía, para rehabilitar inmuebles en municipios donde la oferta es escasa, para facilitar alquileres asumibles y para dar una salida a jóvenes y familias que hoy no encuentran ninguna. Lo contrario sería imperdonable. No se puede recibir una cantidad de esa magnitud y seguir actuando como si la emergencia habitacional fuera una preocupación secundaria.

Una generación atrapada por la falta de política útil

La vivienda no es solo un indicador económico. Es una condición básica para que una persona pueda construir una vida autónoma. Sin vivienda accesible, se retrasa la emancipación, se aplazan maternidades y paternidades, se dificulta la movilidad laboral, se rompe la expectativa de progreso y se instala una frustración profunda en quienes han cumplido con todo lo que se les pidió. A los jóvenes se les dijo que estudiaran, que se formaran, que trabajaran, que fueran pacientes y que aceptaran que los primeros años serían difíciles. Muchos lo hicieron. Pero ahora descubren que ni siquiera con empleo pueden acceder a un alquiler digno.

Esa ruptura del contrato social tiene consecuencias políticas. Cuando una generación comprueba que el esfuerzo ya no garantiza un mínimo de estabilidad, deja de creer en los discursos oficiales. Cuando ve que se anuncian millones para vivienda pero su realidad no cambia, la desconfianza hacia las instituciones crece. Y cuando escucha al Gobierno regional culpar siempre a otros mientras la situación empeora, entiende que el problema no es solo el mercado, sino también la incapacidad de la política para corregirlo.

La Región de Murcia no puede hablar seriamente de futuro, talento, natalidad o desarrollo si no garantiza que quienes viven y trabajan aquí puedan quedarse. Una comunidad no retiene a sus jóvenes con campañas de imagen, sino con salarios dignos, servicios públicos fuertes y vivienda accesible. De lo contrario, el mensaje que se lanza es devastador: puedes estudiar aquí, trabajar aquí y pagar impuestos aquí, pero quizá no puedas vivir aquí de forma independiente.

En ese punto, la vivienda deja de ser una política sectorial y se convierte en una medida de dignidad colectiva. Un gobierno que no entiende eso está gobernando de espaldas a una de las mayores angustias de su tiempo.

El fracaso no puede ocultarse detrás del mercado

Durante años, los gobiernos autonómicos han utilizado el mercado como una coartada. Los precios suben porque hay demanda, porque faltan materiales, porque los tipos de interés cambian, porque el turismo presiona, porque la economía se mueve. Todo eso puede influir, pero no exime a la administración de su responsabilidad. La política existe precisamente para intervenir donde el mercado expulsa, encarece o excluye.

El Gobierno regional decide si impulsa parque público suficiente, si ejecuta fondos con rapidez, si coordina a los ayuntamientos, si moviliza vivienda vacía, si facilita rehabilitación, si orienta el suelo disponible hacia el interés general y si diseña ayudas que lleguen a tiempo. También decide si informa con transparencia o si obliga a la ciudadanía a enterarse por denuncias políticas de cuántos millones han llegado y qué dudas existen sobre su destino.

Por eso el balance de López Miras en vivienda no puede medirse por sus discursos, sino por sus resultados. Y los resultados son difíciles de defender cuando miles de jóvenes siguen sin poder emanciparse, cuando la vivienda pública es claramente insuficiente y cuando la Región necesita nuevos fondos estatales para intentar corregir lo que no ha sabido resolver con los anteriores.

El mirismo ha sido eficaz fabricando relatos. Ha logrado convertir la confrontación en una rutina y la queja en una estrategia de supervivencia política. Pero la vivienda exige algo mucho más concreto que un relato: exige llaves, obras terminadas, ayudas pagadas, barrios rehabilitados y alquileres posibles. Ahí es donde la propaganda deja de servir.

Rendición de cuentas antes de nuevos anuncios

Antes de convertir los 308 millones del nuevo Plan Estatal de Vivienda en otra campaña de comunicación, el Gobierno regional debería ofrecer una rendición de cuentas completa sobre los más de 240 millones recibidos en los últimos ocho años. No sería un gesto de cortesía institucional, sino una obligación democrática. La ciudadanía tiene derecho a saber cómo se han gestionado esos recursos, qué objetivos se han cumplido, cuáles han fracasado y qué responsabilidades existen si parte del dinero no se ha traducido en viviendas o ayudas efectivas.

La transparencia es especialmente necesaria cuando la distancia entre las cifras anunciadas y la realidad social es tan grande. Porque una cosa es decir que han llegado millones y otra muy distinta es que esos millones hayan cambiado la vida de quienes no pueden pagar un alquiler. Una política pública no se evalúa por el dinero que recibe, sino por el efecto que produce. Y en vivienda, el efecto todavía no se ve con la intensidad que la Región necesita.

López Miras tiene ahora una oportunidad para demostrar que su Gobierno puede salir de la lógica del mirismo. Puede aceptar los fondos, gestionarlos con rigor, pactar con ayuntamientos, acelerar proyectos, publicar datos, asumir errores y poner la vivienda en el centro de la acción política. O puede hacer lo de siempre: discutir con Madrid, diluir responsabilidades, administrar anuncios y dejar que el problema siga creciendo mientras los jóvenes continúan esperando.

La diferencia entre una cosa y otra no se medirá en ruedas de prensa. Se medirá en viviendas disponibles, en alquileres que bajen de la categoría de lujo, en familias que dejen de vivir ahogadas y en jóvenes que por fin puedan cerrar la puerta de una casa propia o alquilada sin sentir que han conseguido un milagro.

El verdadero balance del mirismo no está en los titulares que produce, sino en las llaves que no entrega. Y mientras la Región de Murcia siga recibiendo millones para vivienda sin que miles de jóvenes puedan emanciparse, la pregunta seguirá siendo inevitable: no dónde está el dinero en los papeles, sino por qué no se ha convertido todavía en hogares.

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