El mirismo va en sidecar

El mirismo va en sidecar

«López Miras aparenta conducir la Región de Murcia, pero cada curva decisiva la marca Vox«

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El mirismo ha encontrado una metáfora difícil de mejorar: va en sidecar. Fernando López Miras conserva el cargo, la foto institucional, la agenda de presidente, el coche oficial y esa manera tan suya de comparecer como si todo estuviera bajo control. Pero basta mirar la política regional con un poco de atención para comprobar que el manillar hace tiempo que no lo lleva él solo. En los asuntos que de verdad marcan el rumbo de una comunidad —vivienda, inmigración, igualdad, servicios públicos, convivencia democrática— el PP gira cuando Vox le permite girar y frena cuando Vox le obliga a frenar.

No es una frase hecha. Es la descripción bastante precisa de una forma de poder. El mirismo empezó siendo propaganda, una mezcla de anuncios, visitas, titulares, confrontación con Madrid y mucha escenografía para disimular una gestión más bien escasa. Pero con el paso de los años ha terminado convertido en otra cosa: una presidencia pendiente de no molestar a la ultraderecha. Una manera de gobernar en la que el objetivo principal ya no parece transformar la Región de Murcia, sino sobrevivir políticamente sin que Vox se enfade demasiado.

Ese es el problema de fondo. López Miras preside, pero no siempre gobierna. Firma, pero no siempre decide. Habla en nombre de la Región, pero mide cada palabra pensando en quienes sostienen su mayoría. Y cuando un presidente llega a ese punto, el poder deja de ser dirección y se convierte en administración del miedo. Miedo a perder apoyos, miedo a abrir debates reales, miedo a parecer demasiado moderado, miedo a que Vox le señale como blando, miedo a tener que elegir entre dignidad institucional y sillón.

Durante mucho tiempo, el PP regional ha intentado vender la idea de que su pacto con Vox era una incomodidad menor, una simple aritmética parlamentaria. Algo así como un peaje inevitable para garantizar estabilidad. Pero la política no se mide solo por quién ocupa los despachos, sino por quién impone las palabras, los marcos y los silencios. Y en la Región de Murcia, cada semana resulta más evidente que Vox no solo vota: orienta. No solo acompaña: condiciona. No solo apoya: conduce desde el asiento lateral.

Un presidente atrapado en su propia dependencia

La dependencia de Vox no sería tan grave si el PP la reconociera con honestidad. Los pactos existen, las mayorías se negocian y ningún gobierno en minoría puede actuar como si tuviera mayoría absoluta. Eso forma parte de la normalidad democrática. Lo preocupante es otra cosa: que López Miras haya convertido esa dependencia en una forma de identidad política, aceptando que la ultraderecha marque el tono de debates que deberían abordarse con rigor, humanidad y sentido de Estado.

La vivienda es quizá el ejemplo más claro. En una Región donde miles de jóvenes no pueden emanciparse, donde el alquiler se ha convertido en una losa y donde las ayudas llegan tarde o directamente no llegan, el debate debería girar alrededor de lo evidente: más vivienda pública, ejecución de fondos, movilización de vivienda vacía, ayudas eficaces, protección frente a precios abusivos y gestión seria. Pero Vox ha logrado desplazar la conversación hacia la “prioridad nacional”, esa fórmula tramposa que no construye ni una sola vivienda, no baja ni un euro el alquiler y no ayuda a ningún joven a pagar una entrada, pero sirve para señalar al de fuera como culpable de todo.

Y el PP, en lugar de desmontar esa trampa, juega con ella. La corrige un poco, la disfraza, la envuelve en tecnicismos, le cambia alguna palabra para que suene menos brutal, pero no rompe con el marco. Esa es la especialidad del mirismo: parecer moderado mientras se aceptan los presupuestos de la ultraderecha. Sonreír en la rueda de prensa, hablar de gestión, invocar la legalidad y, al mismo tiempo, dejar que Vox arrastre el debate hacia el terreno del miedo.

Lo mismo sucede con la inmigración. Allí donde hay problemas reales —empleo precario, vivienda inaccesible, servicios públicos saturados por falta de inversión, barrios abandonados, jóvenes sin expectativas— el bloque de derechas encuentra una salida cómoda: señalar a los migrantes. Es una vieja receta, tan eficaz como peligrosa. Sirve para evitar preguntas incómodas sobre quién gobierna desde hace décadas, quién ha gestionado la sanidad, quién ha dejado la vivienda pública bajo mínimos, quién ha consentido la precariedad y quién ha convertido la política social en un laberinto de retrasos administrativos.

Vox lo hace porque ese es su negocio político. El PP lo permite porque necesita sus votos. Y López Miras calla, matiza o se adapta porque sabe que su presidencia depende más de esa aritmética que de cualquier discurso solemne sobre centralidad. El resultado es una Región donde el Gobierno no lidera el debate público, sino que lo sigue a distancia, intentando que la ultraderecha no se le escape demasiado por la derecha.

Los ayuntamientos como espejo del deterioro

Lo que ocurre en San Esteban se reproduce en los ayuntamientos. PP y Vox han convertido demasiados plenos municipales en pequeños laboratorios del bloqueo. Se rechazan mociones útiles, se vacían propuestas sociales, se frenan iniciativas de igualdad y se usa la inmigración como cortina de humo para no hablar de la gestión cotidiana. La escena se repite con una monotonía casi ofensiva: cuando se habla de limpieza, transporte, sanidad, vivienda, bienestar animal, barrios o pedanías, aparecen las excusas; cuando se habla de banderas, miedo o supuestas amenazas culturales, el bloque de derechas encuentra rápidamente su sitio.

Ese comportamiento no es casual. La política municipal suele decir mucho sobre la cultura política de un partido. Y el PP de la Región de Murcia ha ido asumiendo una lógica muy reconocible: si una propuesta viene de la izquierda, se bloquea o se reescribe; si incomoda al Gobierno regional, se evita; si obliga a pedir responsabilidades a López Miras, se entierra; si permite a Vox marcar perfil, se tolera. Así se va degradando la política local, no con grandes discursos, sino con pequeños actos repetidos de cobardía institucional.

En Lorca, en Molina, en Cartagena, en Murcia o en tantos otros municipios, el patrón se parece demasiado. El PP intenta aparentar que gobierna con normalidad, pero a menudo actúa como rehén de su propia alianza. Vox no necesita ganar todas las votaciones para imponer su clima. Le basta con saber que el PP teme perder su apoyo. Le basta con amenazar, endurecer el lenguaje o mover el foco hacia sus obsesiones. El resto lo hace la prudencia interesada de quienes prefieren conservar el poder antes que defender una línea democrática clara.

Y mientras tanto, los problemas siguen ahí. Los barrios continúan esperando inversiones. Las pedanías siguen reclamando servicios básicos. La sanidad pública acumula quejas. La vivienda se dispara. Los jóvenes se marchan o se quedan atrapados en casa. Las ayudas se retrasan. La educación arrastra cifras inadmisibles de abandono. Pero el debate público termina muchas veces secuestrado por una agenda que no arregla una calle, no reduce una lista de espera, no abre una vivienda y no mejora un colegio.

Esa es la gran victoria cultural de Vox y la gran derrota política del PP: haber conseguido que demasiadas instituciones discutan sobre fantasmas mientras los problemas reales se pudren sobre la mesa.

La moderación como disfraz

López Miras lleva años intentando presentarse como un dirigente moderado. Es un papel que interpreta con constancia: tono tranquilo, gesto contenido, apelaciones a la estabilidad, muchas referencias a la gestión y una permanente voluntad de parecer razonable. Pero la moderación no se demuestra en la forma de hablar, sino en las decisiones que se toman cuando hay presión.

Moderado no es quien sonríe mientras acepta políticas extremas. Moderado no es quien se indigna en público pero cede en privado. Moderado no es quien dice defender la convivencia y luego permite que sus socios conviertan la diferencia en sospecha. Moderado no es quien presume de responsabilidad institucional mientras depende de quienes tensionan las instituciones para obtener ventaja política.

La moderación exige límites. Exige decir no. Exige asumir costes. Exige defender derechos aunque el socio parlamentario se enfade. Exige no utilizar a los vulnerables como moneda de cambio. Exige no mirar hacia otro lado cuando se degrada el lenguaje democrático. Exige, en definitiva, gobernar con algo más que cálculo.

El PP regional no ha querido pagar ese precio. Prefiere una moderación de escaparate, cómoda para las entrevistas y útil para tranquilizar a determinados sectores sociales, pero incapaz de sostenerse cuando Vox aprieta. Por eso el mirismo es tan resbaladizo: nunca rompe del todo, nunca asume del todo, nunca se responsabiliza del todo. Siempre hay una explicación, un matiz, una negociación pendiente, una frase calculada para no decir demasiado. Es una política hecha de medias tintas en cuestiones donde harían falta líneas claras.

El problema es que esa ambigüedad tiene consecuencias. Cuando un gobierno no marca límites, los límites los marca otro. Cuando un presidente no define el rumbo, alguien acaba definiéndolo por él. Y cuando el PP acepta que Vox sea la brújula, la Región entera termina viajando hacia un lugar más estrecho, más crispado y menos decente.

El coste social de gobernar mirando a Vox

La dependencia de Vox no es solo un problema estético para el PP ni una incomodidad parlamentaria para López Miras. Tiene efectos concretos sobre la vida de la gente. Condiciona leyes, retrasa acuerdos, endurece discursos, bloquea políticas de igualdad, contamina el debate sobre vivienda, debilita la convivencia y convierte cuestiones sociales complejas en munición ideológica.

En vivienda, el precio de esa dependencia es que se discute más sobre a quién excluir que sobre cómo garantizar el acceso. En inmigración, se habla más de miedo que de derechos, empleo, integración o servicios públicos. En igualdad, se retrocede del consenso democrático al regateo permanente. En sanidad y educación, los problemas estructurales quedan tapados por guerras culturales que nada solucionan. En los ayuntamientos, las necesidades vecinales se subordinan demasiadas veces al equilibrio interno del bloque de derechas.

Ese coste lo pagan personas concretas. Lo paga el joven que no puede alquilar. Lo paga la familia que espera una ayuda. Lo paga la mujer que necesita un servicio sanitario accesible. Lo paga el barrio que reclama iluminación, limpieza o seguridad. Lo paga el alumno que necesita apoyo. Lo paga el trabajador que ve cómo la política se entretiene en culpables fáciles mientras sus condiciones no mejoran.

Por eso conviene no caer en la trampa de pensar que la dependencia de Vox es solo un asunto de partidos. No lo es. Es una forma de gobierno que desplaza prioridades. Y cuando las prioridades se desplazan, siempre pierde alguien. Normalmente, quien menos capacidad tiene para hacerse oír.

Un presidente sin volante propio

La Región de Murcia necesita un Gobierno que conduzca. No uno que parezca conducir. Necesita un presidente capaz de marcar una dirección propia, de pactar sin entregarse, de negociar sin asumir el lenguaje del socio, de gobernar sin convertir la supervivencia parlamentaria en programa político. Necesita una derecha que, si quiere presentarse como moderada, se atreva a comportarse como tal. Y necesita instituciones que no vivan pendientes de la próxima exigencia de Vox.

López Miras ha elegido otro camino. Ha preferido conservar el poder a costa de estrechar el margen político de la Región. Ha aceptado que Vox se siente en el sidecar, sí, pero también que indique cuándo acelerar, cuándo frenar y hacia dónde mirar. Y aunque el presidente intente mantener la compostura, la imagen es cada vez más evidente: el PP pone el vehículo, pero la ultraderecha marca demasiadas curvas.

El mirismo, al final, no es solo propaganda. Tampoco es solo falta de gestión. Es una renuncia más profunda: la renuncia a gobernar con autonomía cuando conservar el sillón exige obedecer al socio incómodo. Es la política del gesto institucional con fondo de sumisión parlamentaria. Es la presidencia convertida en equilibrio permanente sobre una carretera que cada vez se estrecha más.

Por eso el título funciona tan bien. El mirismo va en sidecar. López Miras saluda desde la foto oficial, inaugura lo que puede, culpa a Madrid de lo que conviene y presume de estabilidad siempre que tiene ocasión. Pero en las curvas importantes mira a Vox antes de moverse. Y una Región no puede avanzar con seguridad cuando quien debería conducir está más pendiente del pasajero que del camino.

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