Cartagena recuerda el centenario del regreso del cabo Amate, el “Héroe de Chentafa”

Cartagena recuerda el centenario del regreso del cabo Amate, el “Héroe de Chentafa”

Familiares y vecinos colocan una corona de flores en el monumento dedicado al militar cartagenero condecorado con la Laureada

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Cartagena ha recordado este martes el centenario del regreso del cabo Melchor Amate Hernández a la ciudad, donde fue recibido el 30 de junio de 1926 como el “Héroe de Chentafa” tras su cautiverio en el norte de África. Coincidiendo con los cien años de aquel recibimiento popular, un grupo de cartageneros encabezados por su nieto, Melchor Miguel Amate Conesa, ha colocado una corona de flores en el monumento situado en la plaza que lleva su nombre, entre el estadio Cartagonova y el centro de salud del Barrio de la Concepción.

El homenaje recupera una página singular de la memoria militar y popular de Cartagena. Según ha relatado el nieto del cabo Amate, el miércoles 30 de junio de 1926 su abuelo regresó a la ciudad en el tren correo junto a su madre, Concepción Hernández Peñalver, que se había desplazado hasta Melilla para comprobar que su hijo seguía vivo. El Ayuntamiento de Cartagena organizó entonces un recibimiento multitudinario en la estación, con cientos de vecinos, una banda de música y la presencia del alcalde Alfonso Torres.

La figura de Melchor Amate quedó vinculada a los hechos ocurridos entre el 14 y el 18 de agosto de 1924 en la posición de Chentafa, donde se encontraba su sección. Aquella acción le valió el reconocimiento público y la concesión de la Cruz Laureada de San Fernando a título individual, la máxima condecoración militar española por acciones en combate, según ha recordado su nieto durante el aniversario.

El centenario no solo recuerda la trayectoria de un soldado cartagenero, sino también la forma en que la ciudad convirtió su regreso en un acontecimiento colectivo. La memoria del cabo Amate permanece hoy en una plaza y en un monumento inaugurados el 12 de junio de 2024, que han servido como punto de encuentro para este nuevo acto de recuerdo.

Un recibimiento multitudinario en la Cartagena de 1926

El regreso de Melchor Amate a Cartagena fue vivido como un acontecimiento ciudadano. Según el relato familiar recogido en la nota difundida por JR Comunicación y Protocolo, la comitiva partió desde la estación y se dirigió a la iglesia de la Caridad, tal y como pidió el propio cabo. El recorrido atravesó las puertas de San José, bajó por la calle San Diego y giró hacia la Serreta antes de llegar al templo, donde Amate, visiblemente emocionado, rezó un Tedeum en acción de gracias acompañado por los asistentes.

Después, la comitiva continuó por la calle Arco de la Caridad, Honda y Mayor hasta el Ayuntamiento. Allí, tras las palabras de bienvenida del alcalde Alfonso Torres, el joven Melchor no pudo hablar por la emoción, por lo que tomó la palabra el comandante de Infantería Óscar Nevado. Posteriormente, el cortejo llegó al Gobierno Militar, donde el general Castell leyó los hechos ocurridos en Chentafa entre los días 14 y 18 de agosto de 1924.

Aquel recibimiento reflejaba el peso que las noticias del cautiverio y posterior liberación de Amate habían tenido en la Cartagena de la época. El soldado volvió a una ciudad que lo había dado prácticamente por perdido y que lo recibió como símbolo de resistencia, valor y supervivencia. La escena de la estación, con una banda de música y cientos de cartageneros esperando al tren correo, resume la dimensión popular de aquel regreso.

La noche de ese mismo día, en la calle Yeseros, donde residía la familia del cabo, se celebró una verbena. Días más tarde, las unidades de Infantería de Cartagena y el Ayuntamiento organizaron nuevos festejos para recordar su vuelta. La historia del cabo Amate no quedó así limitada al ámbito militar, sino que se integró en la memoria urbana y vecinal de Cartagena.

El homenaje celebrado ahora, un siglo después, conecta con aquella Cartagena de 1926 y con una forma de memoria local que se transmite a través de nombres de calles, plazas, monumentos, relatos familiares y actos de recuerdo. En el caso de Amate, esa memoria ha encontrado un espacio físico reciente en la plaza inaugurada en 2024, donde se ha colocado la corona de flores.

La entrevista que convirtió el regreso en relato histórico

El nieto del “Héroe de Chentafa” ha recordado que la acción de su abuelo quedó recogida en una entrevista realizada en el Hospital Militar de Melilla, donde Melchor Amate se recuperaba de las lesiones sufridas durante el cautiverio. Aquella entrevista fue publicada en el periódico Cartagena Nueva el 29 de junio de 1926, un día antes de su regreso a la ciudad. También la prensa local y nacional se hizo eco de su vuelta.

La entrevista fue realizada el 25 de junio de 1926 por el soldado de la Comandancia de Sanidad Antonio Murillo Fernández, quien quiso dejar constancia de la hazaña y del estado emocional del cabo tras su liberación. En su crónica, Murillo explicaba que escribía por primera vez en un periódico movido por el deseo de poner de manifiesto la historia de “un héroe y excautivo” que había dejado alto el nombre de España y de Cartagena.

El relato conserva una fuerza humana evidente. Murillo recordaba cómo supo por los periódicos de las negociaciones de Uxda y de que los prisioneros se encontraban en Tazza. Entre ellos estaba Melchor Amate, a quien muchos daban ya por muerto. La noticia de que seguía vivo provocó, según su testimonio, una enorme alegría por lo que representaba para la “Patria grande y chica” la vuelta del héroe de Chentafa.

Uno de los fragmentos más intensos de aquella crónica reproduce el primer abrazo tras el cautiverio. Murillo describió a Amate emocionado, exclamando “¡Libre; por fin libre!” mientras recordaba la noche en que fue hecho prisionero. La entrevista no solo contribuyó a construir la imagen pública del cabo, sino que permitió que la ciudadanía conociera el impacto personal de una experiencia marcada por la guerra, la incertidumbre y la supervivencia.

En ese relato se mezcla el lenguaje patriótico propio de la época con una dimensión profundamente humana: la madre que viaja a Melilla para comprobar que su hijo vive, el soldado que regresa a su ciudad, el joven que no puede hablar ante el Ayuntamiento por la emoción y una comunidad que lo recibe como parte de su propia historia.

Una memoria local con plaza y monumento propio

El 12 de junio de 2024 se inauguraron la plaza y el monumento dedicados al cabo de Infantería Melchor Amate Hernández, situados entre el estadio Cartagonova y el centro de salud del Barrio de la Concepción. Ese espacio ha permitido dar presencia pública y permanente a una figura que durante décadas formó parte de la memoria militar y familiar de Cartagena, pero que ahora cuenta también con un lugar de reconocimiento ciudadano.

La colocación de la corona de flores en el centenario de su regreso refuerza esa recuperación memorial. No se trata únicamente de recordar una condecoración o una acción militar, sino de mantener vivo un episodio que habla de la relación de Cartagena con sus hijos, con su historia castrense y con los acontecimientos que marcaron a generaciones anteriores.

Melchor Miguel Amate Conesa ha subrayado que su abuelo entró en la historia por su “heroica hazaña” y por haber sido distinguido con la Cruz Laureada de San Fernando a título individual. Ese reconocimiento sitúa al cabo Amate dentro de una tradición de memoria militar muy arraigada en Cartagena, ciudad profundamente vinculada a la Armada, al Ejército y a episodios históricos que han dejado huella en su identidad colectiva.

El centenario llega en un momento en el que muchas ciudades revisan cómo recuerdan su pasado y qué figuras forman parte de su espacio público. En Cartagena, el caso del cabo Amate permite recuperar una historia concreta, con nombres, lugares y fechas precisas, que conecta la memoria familiar con la memoria de la ciudad.

Cien años después de aquel tren correo que llegó desde Melilla, el homenaje devuelve al presente una escena que conmovió a la Cartagena de 1926. La corona depositada en su monumento no solo recuerda al soldado condecorado, sino también al joven que volvió vivo cuando muchos lo creían muerto, a la madre que fue a buscarlo y a una ciudad que salió a la calle para recibirlo como uno de los suyos.

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